Símbolos y mitologías en el imaginario de la contemporaneidad poética

Símbolos y mitologías en el imaginario de la contemporaneidad poética

*Conferencia dictada por Marcus Daniel Cabada el 5 de mayo de 2017 en la Biblioteca Pública de Pontevedra “Antonio Odriozola”.

Señores, señoras…

La literatura es un hecho inmediato: para certificarlo, retengamos por un instante, en nuestra memoria, la imagen de la luna. Imaginemos que ese círculo ―blanco, visualmente plano, luminoso, quebrado― forma un cuerpo, un significante, un portador que las generaciones en la Tierra han frecuentado retratar. Esos significados múltiples y vastos que la historia universal le ha dado a nuestro astro pueden reducirse, si nos fijamos, hasta el hecho de hermanarse en nuestro pensamiento como dos cosas mínimas: la propia imagen de la luna y su desplazamiento a través de la más bella e incierta de las imaginaciones: el lenguaje.

Ya que la retenemos, imaginemos que ese cuerpo nos sugiere iniciar un proceso íntimo de contacto: ese acercamiento nos permitiría representarla, describirla, revelar sus cualidades y tinieblas ante la cámara de oyentes. Las posturas serían, al igual que el número de lunas, tan numerosas como lo somos aquí cada uno de nosotros. A William Blake le devolvió una risa “con deleite silencioso”. En la simbología mayor del Romancero gitano de Lorca la luna se entromete en la fragua con su polisón de nardos, con su armazón de flores. Sin embargo, el mayor de los místicos, Fray Luis de León, ya nos aventura a descubrir que en la rueda plateada de la luna incide una luz sobre la que llueve la sabiduría. Es más, en este último caso no sólo se nos presenta una suposición, sino toda una quintaesencia de preceptos pitagóricos sobre el Cosmos y la proporción aritmética y musical. Fray Luis lo trasvasará como “celestial y eterna esfera”.

Ahora bien: si nos damos cuenta, hemos asistido a un nacimiento casi mágico: la fuente de la que mana todo proceso de abstracción, toda idea y todo pensamiento, todo origen. Ese hecho curioso nos revela quizá lo más importante: todos hemos sido por un instante, sin darnos cuenta, poetas. Ese desplazamiento del lenguaje evocando imágenes de la luna se da lugar al traer a la memoria el lenguaje poético. Al evocar ahora esa luna, podemos afirmar, casi absolutamente, que cada uno de nosotros retiene en su memoria una distinta. Es más: como en su día escribió Mark Twain, podemos afirmar que cada uno de nosotros es una luna ―una luna cuyo lado oscuro evitamos mostrar.

Habiéndonos fijado en estos sustanciales ejemplos, podemos observar fácilmente la función que requiere el lenguaje al ser desplazado por las imágenes. Podemos sentir, por primera vez, la cercanía de la palabra como una forma sonora de pensamiento e incluso de memoria. Al habernos dispuesto a recordar lo que la literatura ha postulado en la historia, debemos también disponer la literatura como el reflejo de la imagen del hombre. Pero, si observamos un poco mejor, podemos incluso señalar que contrariamente es la imagen del hombre quien es reflejo de la literatura. El hecho no es rebatible. Cito unos cuantos ejemplos: la angustia de Kafka, la psicología de Poe, la patria de Heine, la soledad de Fray Luis o las ontologías fantásticas de Borges. Sería inverosímil asegurar no habernos sentido próximos a las imágenes a las que un texto nos quiere remitir, independientemente de que sean experiencia de su autor o necesariamente inventadas. Con esto quiero decir que basta que acudamos o evoquemos una cosa para que ésta pueda a ser tan real como una puesta de sol o la oscuridad de la noche. Es más: cada cosa, al nutrirse de cualquier apreciación íntima y personal, se convertirá en una circunstancia ya desplazada de su propio significado. Podemos postular, entonces, que existen tantas cosas como personas que las interpretan.

Con respecto a esto, el hombre, egoísta y ambiguo, pensará que la interpretación de un poema dependerá necesariamente de sí mismo, de su contacto con los versos. Pero esa voluntad persiste incluso en un futuro hipotético: el hecho nos demuestra que el pensamiento poético es una cosa que perdura más allá de lo que perdura el hombre. Por eso la poesía no se encuentra en los libros, no se encuentra originariamente en la rima, en la métrica, en la cadencia o en un tópico literario ―siendo todo ello una parte casi final de una turba de elementos. La poesía se encuentra originariamente en la frecuentación; la poesía se encuentra originariamente en lo habitual; la poesía se encuentra originariamente en lo cotidiano: en el crujir de una puerta o en la obertura que recitan los mares. Es más, la primera manifestación literaria en todas las literaturas, la épica, surge en su origen como una manifestación poética. Aunque el verso es narrativo, su función será la de preservar la identidad de las naciones, de los pueblos, en exaltación de una heroicidad singular, a veces manifestándosenos como un semidiós o como un portador de la divinidad, si acaso no son lo mismo.

En el ejemplo de la épica observamos que la poesía puede presentársenos como una cosa que prevalece sobre las cosas, que las condiciona, y más aún, que la poesía forma las cosas. Por eso hoy podemos hablar de la literatura de Kafka, de Poe, de Heine, de Fray Luis o de Borges: porque son, circunstancialmente, elementos entre los elementos. Entidades únicas que seguramente nos revelan hechos más allá de su significado, de su valor, de su uso del lenguaje: al existir, nos revelan tantos significados como significantes, tanto valor como propósito y tantos lenguajes como interpretaciones espontáneas.

Me es inevitable, al mencionar este hecho, no acordarme de un cuento de Borges, titulado El Congreso y publicado en 1975 como parte de El libro de arena, en el que se celebra un Congreso del Mundo, que “comienza con el primer instante del mundo y que proseguirá cuando seamos polvo”. La obra de Borges seguramente sea una de las más ricas de la historia de la literatura universal. Pero, si hay algo que sin duda se repite de una manera obsesiva, es esa implosión de la duplicidad como una parte natural de lo cotidiano: las cosas singulares se agrandan hasta ser cosas plurales. Es más: hasta ser todas las cosas, como bien refleja El congreso, o, también de El libro de arena, el cuento La Secta de los Treinta, una herejía mística que posiciona a Judas y a Jesús como los únicos hacedores voluntarios de su historia, y al resto como meros participantes cuyo movimiento es azaroso.

El patrón borgeano nos lleva a pensar en el dualismo como principal forma de la existencia y, por tanto, de la literatura. Por citar una breve muestra: Pitágoras distinguió entre limitado e ilimitado; Platón, entre el mundo de las ideas y el mundo sensible; Aristóteles, entre el Bien y el Mal; Kant entre moral y libertad; los espiritualistas, entre naturaleza y espíritu. En mi más inevitablemente contemporánea opinión, no es esa pauta de distinción, esa oposición entre conceptos, lo que nos revela que exista una cosa u otra. No creo, por ejemplo, que Aristóteles se encontrara en lo cierto al objetar que no pueda existir el Bien sin el Mal. Sería una barbaridad considerar que la bondad es aquella que conduce con sus acciones al logro del bien del hombre y que la maldad recae en toda acción que se oponga a ellas. Podemos rebatirlo con una sencilla y simple razón: un acto de un hombre bueno, aun proporcionándole su fin deseado, podrá herir a otro hombre bueno. Observamos, pues, que el Bien para unos puede ser el Mal para otros, y viceversa. Borges, el Borges más dualista, supo que no se trataba de una oposición, sino de una complementación gradual inequívoca. Si nos fijamos, asimismo la luna, símbolo de lo eterno y de lo intemporal, se divide en dos al reflejarse en las aguas: el hecho es todavía más curioso si presuponemos que en toda laguna debe haber una luna reflejada. Y más aún: si somos astutos, podemos observar una de esas curiosidades o actos mágicos del lenguaje: si unimos la palabra “lago” a “luna” podemos obtener “laguna”. Y entonces esa anacronía, ese espacio legado, se convierte en un hecho estético.

Hablando de dualidad, también se me hace inevitable no aludir la curiosa Génesis según la mitología griega, que nos menciona que los humanos, concebidos originariamente con cuatro brazos, cuatro piernas y una cabeza con dos caras, fueron separados por Zeus en dos mitades. La historia de su hijo, Heracles o Hércules en su transmutación romana, nos induce a uno de los mayores engaños de la mitología: se nos legó la idea de que pudo completar sus doce trabajos enfatizando su fuerza sobrehumana como principal íncipit de la victoria; sin embargo, nos damos cuenta, si repasamos sus hazañas, de que la verdadera e inquebrantable victoria reside en su astucia y no tanto en su fuerza, ya que cualquier otro hombre preparado podría haber afrontado las insólitas batallas, y más recordando que el hombre y Hércules comparten la fatal o salvadora mortalidad.

Volviendo al origen, seguramente debamos retrotraernos a los cabalistas y a las Sagradas Escrituras: el pensamiento cabálico sufrió un proceso de revelación progresiva: en los orígenes las leyes divinas de la Torá fueron disparmente aceptadas y, según el paso del tiempo, se fueron ampliando sus interpretaciones, hasta abarcar tantas como habitantes de Sefarad, y más aún: existiendo tantas Torás como lectores. El hecho es más revelador todavía si, como los cabalistas, pensamos que el lenguaje es creador y que la Torá contiene todos los textos, toda combinación posible, todo mundo y toda realidad. Entonces, todos nosotros, los que nos encontramos en la cámara, somos modelaciones del lenguaje de la Torá, todos estamos en la Torá: todos hemos sido filósofos, todos hemos sido poetas, todos hemos sido amos, siervos, esclavos o reyes. Y, por supuesto, todos estamos modelados, preconfigurados, en la literatura.

La poesía es la unión de la palabra con el pensamiento, suponiendo que acaso no son la misma cosa. Si esto fuera cierto, tendría sentido aquel postulado persa que nos dice que toda palabra es, en su forma originaria, una metáfora. ¿Pero qué cosa es la metáfora sino una muestra del tiempo? La poesía es el reflejo de ese tiempo, de que las cosas se nos sugieren como un contacto ya ocurrido, ya ambiguo, pero libre de desplazarse a través del lenguaje por las imágenes de lo cotidiano; el nacimiento de la poesía es dado anteriormente a la separación de los números y las letras, y desde luego mucho antes a que se pudiera manifestar por vez primera en la épica: ese origen puede parecer una utopía, una difamación contra la historia. Pero pensemos en una cosa: el hecho prevalece, la acción prevalece, las cosas ocurren de un modo espontáneo: si no las relatamos, si no las manifestamos, se pierden en el más hondo olvido. Uno puede pensar que esos hechos, al prevalecer, preexisten mucho antes que la poesía, pero si nos fijamos, es la propia narración del verso, o su propio lirismo, lo que nos dice cómo son las cosas. La poesía es, pues, el hecho, el desplazamiento estético de la realidad; la poesía es el trasvase, como la gradualidad de Borges, de lo singular a la historia universal, que se repetirá de una manera complementaria aunque intuitiva. Y si volvemos a la Torá, la poesía será la disciplina inalterable de la existencia, el origen no sólo de lo establecido, sino también de lo imaginario y de lo no presentido todavía.

Todos estos símbolos, estas mitologías, son esenciales en todas las literaturas. En esta sala, hoy, en dos mil diecisiete, ya hemos transitado por la rica idiosincrasia de lo antiguo, por lo decisivo de lo medieval, por lo evolutivo de lo renacentista, por la necesidad estética barroca, por el “yo” romántico, etc. Ya en época de lo post-contemporáneo, no he mencionado en mi discurso materia alguna de mi obra por una sencilla razón: porque ya los hemos mencionado, acaso, todas. Entre la búsqueda de esas materias que aquí hemos tratado caminan mis versos. El resto no pertenece al autor, sino a la interpretación del siempre intuitivo lector.

Para terminar, vuelvo a la imagen de la luna: viéndola desde el llano ésta formará un plano; acercándonos, formará una esfera; desplazándola a través del lenguaje, será amarilla o estará quebrada. Entonces habrá tantas lunas como memorias que la piensen, hasta existir, al fin, como un hecho parejo al hecho humano. Un día escribió Virgilio: “Carmina coelo possunt deducere lunam” (Las palabras mágicas pueden traer la luna del cielo a la tierra). Esa extensión del pensamiento, esas palabras mágicas de las que nos habla el poeta, son la poesía.

Muchas gracias.

A la memoria de Jorge Luis Borges

*Conferencia dictada por Marcus Daniel Cabada el 5 de mayo de 2017 en la Biblioteca Pública de Pontevedra “Antonio Odriozola”.

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada (Pontevedra, 1995) es autor, en narrativa, de la novela lírica ‘Triste escarlata’ y de la colección de cuentos ‘Desagravio de la derrota’. En verso ha escrito el poemario ‘El llano circular’, obra que reivindica la literatura de raigambre clásica. Es investigador (Nº 292507) de la Biblioteca Nacional de España y editor y director de publicación de la revista 'Ligeia'. Ha publicado una treintena de artículos y dispares creaciones literarias en prestigiosas revistas y medios periodísticos, y colaborado en radios y magazines. También ha escrito ensayos, monografías, crónicas y teatro. Desde febrero de 2017 posee su propia sección dominical ‘Cuaderno Sigma’, donde publica sus investigaciones sobre literatura, arte, sociología, filosofía o actualidad. De carrera filológica hispánica, se especializa en ciencia y teoría literaria, en la rama de Retórica y Poética, y también imparte clases de lengua y literatura españolas y literatura universal en un centro. Su obra ha sido galardonada por media decena de premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Jóvenes Promesas de las Letras 2013, el Charlotte Sabine de Novela Experimental 2014 o el Narrador Estratega de la ASCHI 2016. Es considerado uno de los principales representantes de la Generación Z y uno de los escritores más completos de la literatura post-contemporánea.

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