Todo por su alteza [Cuarta parte]

Todo por su alteza [Cuarta parte]

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~Dos años después~

Astrid con su nuevo trabajo, consiguió llevar una vida un poco más desahogada y consiguió reformar un poco su casa. Ya no tuvo que robar verduras del huerto de su vecino ni tampoco contrajo más deudas. Ella quería mucho a Kaspar. En aquellos dos años, ellos se habían vuelto uña y carne. Tan sólo un día de la primera semana que pasó con él, mientras jugaban, Kaspar mordió en el brazo a Astrid. Lo castigaron y días más tarde él pidió perdón. Semanas después intentó escapar aprovechando una distracción del carcelero pero fue interceptado rápidamente y llevado de nuevo a la mazmorra.

Astrid se esforzó por conocerlo mejor, saber algo acerca de su pasado. Él decía que no recordaba casi nada. Vagos recuerdos le venían acerca de un palacio muy lujoso, y un hombre de estatura muy baja que lo abrazaba de vez en cuando. La mayor parte la pasaba con los hijos de los criados, en las habitaciones contiguas a las cocinas del palacio.

Una tarde de verano, mientras Astrid volvía hasta su casa después de haber dejado a Kaspar, se encontró frente al camino a un hombre de apariencia joven. La miraba atentamente, con una expresión serena en su rostro. No le preguntó de dónde venía ni a dónde iba, simplemente se molestó en saludarla con una sonrisa. Ella nunca lo había visto, pero por educación devolvió el saludo. Caminó por la ciudad desde el puente, hasta que llegó a su casa. En la misma calle volvió a encontrar a un desconocido y esta vez sí sintió desconfianza. ¿Dos desconocidos en un mismo día? No conocía a todo Laufenburg, pero si a la gran mayoría de vista cuando asistía al mercado. Era algo realmente sospechoso. El hombre, al percatarse de que Astrid le miraba, se dio la vuelta y giró la esquina para perderse entre las calles. Astrid avanzó hasta su casa y entró cerrando tras de sí la puerta a cal y canto.

Sentía su corazón palpitar con fuerza en su pecho. Las rodillas le rehilaban y sentía una profunda presión a la altura de su estómago. Era sospechoso y estaba muy asustada. Recordó entonces las palabras del señor Becker dos años antes: “Hay gente perversa que lo está buscando y nosotros lo estamos protegiendo”. ¿Serían esos los hombres perversos que buscaban a Kaspar? Debía avisar cuanto antes al señor Becker, pero no sabía cómo. Se mantuvo despierta toda la noche, hasta que dieron las ocho de la mañana. Salió de su casa nuevamente, pero esta vez tomó otro camino hasta llegar al puente. Comprobó más de tres veces que nadie la seguía y siguió el camino. Dio varias vuelta en círculo en el bosque por si acaso y después avanzó con rapidez hasta a trampilla. Volvió a asegurarse de que nadie había cerca, y se introdujo en el pasadizo con velocidad. Cerró la trampilla bajó rápidamente las escaleras. Accionó la piedra y pasó a las mazmorras. Todavía no eran las nueve, pero Frederick ya estaba allí.

—Viene muy pronto hoy, señorita Astrid. ¿Le ocurre algo? —preguntó el hombre comprobando que ella venía muy fatigada.

—Debo hablar con ustedes cuando antes. Ayer yo… ayer… el caso es que… —Astrid rompió en lágrimas.

— ¿Qué le sucede señorita? Por favor cuéntemelo todo. Tranquilícese, no pasa nada.

—Creo que alguien me está siguiendo. Ayer cuando volvía a casa me encontré a un desconocido a la altura del camino. Y cuando llegué a mi calle, otro desconocido se hallaba allí.

Frederick se quedó helado. Un sudor frío recorrió su espalda.

— ¿Sabe cómo eran exactamente? ¿Podría describirlos?

—No… bueno… vestían con ropa oscura. Ambos tenían la piel muy blanquecina, y el pelo largo y negro. No parecían de por aquí. Sí alemanes, pero no de por aquí.

—Lo que me temía… he de avisar cuanto antes al señor Becker. Por favor, vaya con Kaspar a desayunar, a la hora de comer le explicaremos todo.

Astrid pasó la mañana preocupada e inquieta. Kaspar estaba empezando a escribir. Nadie se había molestado a enseñarle nunca, pero Astrid quería que él aprendiese, igual que ella lo había hecho cuando era una niña.

— ¿Está bien señorita Astrid? —preguntó Kaspar observando que ella miraba al horizonte embobada.

—Sí, sí, no te preocupes Kaspar. La verdad, es que hoy no he dormido muy bien. Pero no te preocupes. Es la hora de comer, en seguida te traerán la comida. Volveré más tarde.

Astrid besó la frente de Kaspar y como todos los días subió a comer a la planta de arriba. El señor Becker y Frederick la esperaban de pie.

—Señorita Astrid, por favor, le rogamos que tome asiento —dijo el señor Becker en cuanto ella entró.

Ella así lo hizo y esperó a que alguno de los dos hablase.

—Esto que vamos a contarle, no debe saberlo nadie nunca. Kaspar es un niño muy especial y por eso nosotros somos los encargados de protegerlo. Kaspar nació hace ya doce años, en Mannheim. Los padres de Kaspar no podían estar bien relacionados y es por lo que se le dio por muerto. Se crió como el hijo de una criada en palacio y así se camufló su identidad. Pero su madre no era una criada, sino Estefanía de Beauharnais. Ella tuvo un romance con el emperador Napoleón Bonaparte y de ahí nació Kaspar. Con la caída de Napoleón, su padre nos ordenó protegerlo y así es cómo se creó la “Orden del Caporal”. Nosotros nos encargamos de mantener a salvo a Kaspar, ya que los enemigos de Napoleón, siervos del Gran Duque de Baden, lo querían muerto. Muchos miembros de la orden nos abandonaron cuando intentamos trasladar al joven Kaspar a España, pero nos interceptaron y huimos. Acabamos aquí en Laufenburg, y con ayuda de Frederick pudimos esconderlo en esta casa del bosque. No podemos dejar que los seguidores del Gran Duque nos encuentren. Es por eso que hemos decidido que trasladaremos a Kaspar esta noche. Pero él no debe saber nada.

—Pero si los… si ellos están aquí en Laufenburg… debemos tener mucho cuidado.

—Es por eso que debemos hacerlo cuanto antes. Váyase ahora, pero no tome el camino del puente. Si rodea el bosque cerca de donde los árboles más verdes se tornan negros llegará a la ciudad antes. Coja todo lo que necesite de su casa y a las once de la noche, la estaremos esperando al otro lado del puente. Dese prisa y ande con cuidado.

—He de despedirme de Kaspar…

—No hay tiempo que perder. Debe marcharse ahora. Esta noche podrá verlo.

—Está bien, haré todo lo posible por proteger a su alteza.

Astrid se apresuró y en vez de salir por la trampilla, salió directamente desde la casa.  Siguió las indicaciones del señor Becker y llegó hasta los árboles negros. Tomó un camino y en menos de cinco minutos alcanzó la ciudad. Corrió hasta su casa y se puso a preparar la bolsa, tal y como había hecho hacía dos años cuando pretendía huir de allí. Espero durante toda noche con angustia hasta que llegasen las diez y media, y cuando esto ocurrió, salió de su casa. En su bolsa llevaba varias prendas de ropa, dos libros que había conseguido adquirir y también un regalo que Kaspar le había hecho por su cumpleaños. Este consistía en una especie de colgante hecho de arcilla y reforzado con metal, donde había grabado “Astrid” con su caligrafía infantil. Se lo colgó al cuello, pensando que cuando él lo viese se pondría feliz.

Salió de su casa decidida. Haría todo lo posible por proteger al pequeño. Caminó con rapidez por las calles de la ciudad hasta que llegó al puente. Lo cruzó y esperó que llegasen las once. Cuando dieron las once campanadas, todavía nadie había llegado allí. Pasaron varios minutos y Astrid empezó a impacientarse. ¿Dónde estarían? ¿Sería a este lado del puente o al otro? Volvió a atravesar el puente y esperó allí, alerta por si alguien se acercaba. El reloj de la iglesia dio entonces doce campanadas y Astrid no aguantó más. Se ajustó la bolsa al hombro y corrió hasta el bosque. Descubrió la trampilla y la abrió bajando las escaleras. Avanzó por la galería y entró en la mazmorra. Todo estaba normal. Sin embargo, el carcelero ya no estaba allí. Se acercó a la celda, pero Kaspar tampoco estaba. Probablemente habrían tomado el camino del bosque y no habían salido por la trampilla. Seguro que cuando ella venía de camino, ellos habían salido y ahora se encontraban de camino al puente. De repente se escuchó un fuerte estruendo en la planta superior. Astrid tomó una de las antorchas y subió con miedo las escaleras. Cuando abrió la puerta y vio lo que allí sucedía, no pudo evitar soltar un grito desgarrador.

En el suelo, un charco de sangre roja ocupaba gran parte de la estancia. Los cuerpos sin vida del señor Becker y de Frederick estaban tirados al lado de la mesa. Todo estaba revuelto. Ella no daba crédito a nada de lo que sus ojos veían. Las lágrimas se le escapaban de los ojos y no sabía qué hacer. De pronto escuchó una voz conocida. Salió de la casa y observó como varios hombres forcejeaban con Kaspar.

— ¡Kaspar! —gritó ferozmente Astrid desde su posición.

— ¡Señorita Astrid! ¡Socorro! —vociferó Kaspar en cuanto la vio aparecer.

Uno de los hombres le propinó un fuerte golpe a Kaspar que lo dejó inconsciente. El otro se dio la vuelta y se acercó a Astrid. Esta sostenía en sus manos la antorcha blandiéndola con fuerza.

— ¡Por favor, no se lo lleven! —vociferaba llena de rabia mientras sollozaba—. ¡Déjenlo en paz! ¡No le hagan daño!

El hombre encapuchado que se acercó a Astrid, tomó de su pantalón un objeto y apuntó a la muchacha directamente. Después, accionó el gatillo y disparó a la joven. Astrid cayó al suelo y entre algunos borrones negros, acabó perdiendo el conocimiento.

 

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Rodrigo Abad

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