Todo por su alteza [Primera parte]

Todo por su alteza [Primera parte]

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La noche había sido bastante tormentosa. Todas las calles de Laufenburg se encontraban mojadas y una profunda niebla cubría la mayor parte de ellas. El río también había amanecido cubierto de niebla. No era de extrañar que en el mes de enero, la ciudad se despertase con los caminos encharcados y el frío calase hasta los huesos. Nadie se atrevería a salir antes de las ocho de la mañana, menos una persona. Lo había previsto todo para su marcha. Su escaso equipaje se basaba en una bolsa roñosa con dos vestidos de raso y tres mudas. Había puesto a cocer un poco de agua sobre el fuego y el cazo comenzaba a crepitar. Tan solo quedaba un mendrugo de pan duro en su despensa que ni siquiera el agua más caliente podría conseguir ablandar. Debía comer algo si quería caminar más de tres días hasta Francia. Tomó el cazo con un paño para no quemarse y lo dejó sobre la mesa, cesando así aquel ruido infernal que producía el metal al calentarse. Tomó el pan y lo colocó dentro del cazo. Aplastó al susodicho empleando una cuchara y la hundió con todas sus fuerzas para que aquella “piedra” absorbiese el agua hirviendo y fuese comestible.

Astrid vivía en aquella modesta casa desde hacía más de tres años. Para nada ella pertenecía a esa ciudad, pues se había criado en Constanza y allí había vivido la mayor parte de su vida. Fue criada por su hermana mayor, ya que sus padres habían sido enviados a trabajar la siega cerca de Hannover. Asistió a la escuela durante muy poco tiempo, lo suficiente para aprender a leer y escribir de manera decente. Esto le valió para trabajar como ayudante en una imprenta, a pesar de que una mujer no debía de estar en contacto con libros o con otros métodos de conocimiento, el señor Waug había sido muy cortés contratándola. Astrid era feliz a pesar de las duras jornadas de trabajo y tener que cuidar de sus demás hermanos cuando Elena, su hermana mayor debía viajar a Stuttgart. Cuando cumplió veinte años, se enamoró perdidamente de un joven soldado de buen rango, Arnold, que le prometió casarse con ella cuando volviese de la campaña. Al volver él, ambos de trasladaron a la casa de Arnold. Allí comenzaron una vida juntos, en una casa bastante acomodada. Astrid no podía ser más feliz. Estaba a punto de casarse con un hombre que le hacía feliz y dichosa. Pero como hasta en las mejores historias, siempre algo acaba torciéndose, esta no iba a ser distinta. Los padres de Arnold no aprobaron su relación con Astrid, ya que era de origen humilde y además él ya había sido comprometido previamente con la hija de un importante comerciante. Astrid le confesó a Arnold que estaba embarazada y él le dijo que no debía revelarlo, ya que si sus padres se enteraban matarían a su hijo. Una noche de verano, cuando Astrid se preparaba para marcharse de Constanza, fue asaltada por unos encapuchados, que la golpearon hasta que quedó inconsciente. A consecuencia de los golpes la pobre Astrid perdió a su retoño y huyó de Constanza temiendo por su propia vida. Días más tarde, acabo en Laufenburg, una pequeña ciudad a las orillas del Rin. Allí consiguió referencias para ser maestra de una pequeña escuela y pudo permitirse alquilar una pequeña casa de dos habitaciones a las afueras de la ciudad.

Y allí se encontraba ahora, en aquella casa. Tres años después, con la llegada de un nuevo maestro, Astrid había sido despedida y hacía cuatro meses que no podía hacer frente al pago de su casa. El señor Becker, su casero, le recordaba que debía pagar sus deudas o se vería obligado a dar parte a las autoridades y que estas la echasen de la casa o incluso podría acabar en la cárcel. Por eso se disponía a huir. El pan ya se había ablandado, tiró el agua presionando sobre el mendrugo con la cuchara para escurrirlo un poco y lo puso sobre la mesa. Los desmigó con ambas manos y comió un poco. Una lágrima se deslizó por su mejilla al verse a qué situación había llegado. Se terminó el tentempié y tomó su abrigo. Se calentó antes de salir a la calle frotándose las manos frente al fuego y después lo apagó. Tomó la bolsa y la cargó a la espalda. Posó su mirada en la estancia durante algunos minutos más y después se decidió a salir. Justo antes de que lo hiciese un puño golpeó la puerta con fuerza. Astrid se quedó paralizada.

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Rodrigo Abad

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