Todo por su alteza [Tercera parte]

Todo por su alteza [Tercera parte]

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Bajaron las escaleras y llegaron a una especie de galería. El aire allí estaba muy viciado y olía profundamente a humedad. Avanzaron con rapidez por la estancia y llegaron hasta una pared. El señor Becker presionó sobre uno de los ladrillos. Con un fuerte estruendo la pared comenzó a moverse, dejando paso a una nueva galería. Ambos pasaron a través de la pared y esta se cerró tras su paso. En esta nueva estancia, el aire era más respirable, contaba con una iluminación a base de antorchas y había algún que otro mueble. También había una habitación con rejas, parecido a una mazmorra. Apareció de repente un hombre, muy alto y delgado. Tenía el cabello negro y lacio y la piel muy blanca.

—Llegáis justo a tiempo, ahora el pequeño Hauser duerme. ¿Es usted Astrid? —preguntó el hombre analizándola con la mirada.

—Sí, soy yo —dijo tímidamente ella.

—Muy bien, espero que le hayan puesto al corriente que la tarea que va a emprender es de alto secreto, y nadie debe enterarse. El señor Becker me habló de usted y la he tenido en consideración. Acompáñeme, por favor.

Astrid siguió al señor de cabello lacio hasta donde estaban las rejas. Desde su posición pudo observar una habitación dotada con una cama, una cómoda, una mesa con varias sillas y algunos que otros juguetes. Ella no entendía nada, justo hasta que el amigo del señor Becker habló.

—Su tarea será cuidar de este niño. Le advierto desde este momento que es muy rebelde. No es usted la primera que intenta educarlo. Bajo ningún concepto él deberá salir de la celda. Es por su propia seguridad. Mañana tendrán la primera toma de contacto, ahora está dormido. He de advertirle que no debe revelar a nadie el paradero de este lugar y mucho menos el de este niño. ¿Lo ha entendido?

—Sí, señor.

—Muy bien. Cada día vendrá a las nueve de la mañana. Lo acompañará en el desayuno y después estará con él hasta las tres. A esa hora usted subirá a comer y a las cuatro volverá con el señorito Hauser. A las diez podrá usted volver a su casa. Es de vital importancia que llegue pronto. Y por supuesto que guarde silencio si alguien le pregunta.

—No se preocupe por eso… no cuento con muchas amistades aquí.

—Perfecto entonces. Mi nombre es Frederick, es un placer contar con usted. Más adelante le explicaremos el resto de la información que debe conocer.

Astrid se marchó del lugar y volvió a su casa. Seguía haciendo mucho frío fuera. Encendió de nuevo el fuego y se acurrucó junto a él. El trayecto le había dejado helada. Había un halo de misterio en todo aquello, pero si simplemente cuidando de aquel niño se saldaban todas sus deudas, que así fuese. Por una parte ella veía aquello como una segunda oportunidad, el criar y cuidar de un niño, el cual ella había perdido años antes. Lo educaría lo mejor que pudiese y haría de él un joven de provecho. Dejó que el fuego se diezmase y a continuación se fue a la cama. Se arropó hasta la cabeza y entre algunos tiritones, logró dormirse.

La noche no fue fácil, pues tuvo numerosas pesadillas. Volvió a soñar con Arnold y con los encapuchados que la golpearon. Se levantó entre sollozos y un sudor muy frío. Las campanas de la iglesia anunciaban las siete de la mañana. Se levantó e hizo la cama. Alzó la vista por encima de la tapia que la separaba de su vecino y comprobó que no había nadie en su huerto. Saltó con maestría y subió a lo alto. De dejo caer cuando estuvo segura y avanzó entre las verduras, con cuidado de no hacer ruido. Tomó esta vez una col pequeña que aún no estaba en condiciones de ser recogida y volvió a saltar la tapia. Escucho unos ruidos que provenían de la casa de su vecino y se apresuró. Partió la col en algunos trozos y los coció para hacer una sopa. La tomó caliente entre suspiros y después se cambió de vestido y se peinó hasta que llegaron las ocho y media. Caminó de nuevo hasta el puente y después tomó el camino del bosque. Comprobó que nadie la seguía y llegó hasta la trampilla apartó la hojas y se adentró en el pasadizo. Cerró la puerta y bajó las escaleras con cierta inseguridad. Atravesó el trayecto hasta la pared y presionó sobre la piedra que el señor Becker había accionado el día anterior. En la mazmorra, la esperaba Frederick.

—Ha llegado puntual, así me gusta. Por favor, pase. El señorito Hauser ha despertado ya y se dispone a desayunar. Será su primera toma de contacto. Por cierto, aparte de cubrir sus deudas, la señorita recibirá por sus servicios dos kreuzer semanales. ¿Tiene alguna pregunta?

—No señor Frederick.

—Muy bien, acompáñeme —dijo el hombre guiándola con la mano hacia la celda.

En una silla frente a la mesa, se encontraba un niño de apenas diez años. Tenía el cabello rubio casi pajizo y alborotado, los ojos azules y una nariz ancha. Era delgado como un chopo y no muy alto. Pese a que Astrid se fijó sobre todo en la profundidad y el misterio que transmitían sus ojos, había que reconocer que el joven no era muy agraciado. Tenía las orejas de soplillo y una mueca muy extraña en los labios. Fruncía el ceño cuando Astrid se colocó frente a él.

—Señorito Hauser, esta es Astrid, hoy va a acompañarte durante el día. Ahora desayunará contigo y después podréis jugar a las carreras de caballos como tanto te gusta —dijo  Frederick con una expresión ligeramente sonriente.

El niño no contestó, simplemente se limitó a asentir. Frederick se marchó y cerró la celda al salir. Astrid tomó asiento a su lado. Sobre la mesa había un tazón con leche y también algunos dulces. Aquel niño debía de estar acostumbrado a comerlos, ya que esperó hasta que Astrid se sentó para empezar a comer. Comía en silencio, masticando con la boca cerrada y después se limpió con una servilleta. Astrid no daba crédito. Se trataría de un niño bien educado, o quizás era hijo de una persona importante. Después de desayunar Astrid divisó algunos libros sobre una pequeña estantería de madera. No sabía qué decir, hasta que tuvo una excusa perfecta.

— ¿Te apetece que leamos algo? —preguntó Astrid mirando al niño que acababa de tomar un caballo de madera en el suelo y lo movía enérgicamente, creando la ilusión de que este estaba galopando.

Él no dijo absolutamente nada. Después de veinte minutos, viendo como él jugaba con el caballo, Astrid lo acompañó sentándose en el suelo. El niño la miró con desconfianza, pero aún así le ofreció uno de sus caballos.

—Oh, muchas gracias señorito Hauser. ¿Cómo se llama su caballo?

—Este no tiene nombre —dijo el niño con una voz grave y profunda. El sonido de su voz era seco y cortante. No podía pertenecer a un niño—. Yo me llamo Kaspar, no señorito Hauser —sentenció.

—Kaspar… es muy bonito. Yo me llamo Astrid. ¿Quieres que juguemos a los caballos?

—El mío se llama “Relámpago negro” —anunció Kaspar—. Es muy rápido.

—Entonces déjame elegir un nombre para este —dijo observando al que tenía en su mano. Era de color marrón oscuro con puntos blancos—. Lo llamaremos “Estrella”, por las motas blancas.

—No puede llamarlo estrella, porque es un caballo, no una yegua —dijo el niño.

—Entonces… podemos llamarlo…

—No hacen falta nombre, juguemos a las carreras —terminó diciendo Kaspar al mismo tiempo que se ponía de rodillas y comenzaba a mover el caballo, de manera que pareciese que corría.

Estuvieron así al menos una hora y media y después Kaspar le pidió que le leyesen. Eligió un libro de Goethe. La historia de Fausto no era realmente un libro para un niño, pero a este le entusiasmaba. Pronto llegó la hora de comer y Astrid se despidió de Kaspar. Salió de la celda con ayuda de Frederick y cerraron la reja. Ella no se había percatado, pero en la mazmorra, había un carcelero siempre observando la celda. Parecía el Cancerbero que custodiaba las puertas del Inframundo. Caminaron hasta una puerta y subieron unas escaleras que parecían llevar a la planta de arriba. Allí había una casa sencilla, pero mucho más grande que la de Astrid. En la mesa esperaban algunos platos mucho más suculentos que la sopa de col, como por ejemplo pescado. Astrid se sentó junto a Frederick y el señor Becker, que ya estaba allí cuando ellos dos entraron.

— ¿Cómo ha ido? —quiso saber el señor Becker.

—Muy bien, Kaspar es un niño muy bueno. Algo testarudo, pero bueno al fin y al cabo.

—No se deje guiar por las apariencias, señorita Astrid. Kaspar Hauser es un niño muy listo, e intentará todo lo que sea por escapar de aquí. Nosotros lo retemos por su propia seguridad. Kaspar no puede salir al mundo exterior, de lo contrario… Hay gente perversa que lo está buscando y nosotros lo estamos protegiendo.

El señor Becker no dijo nada más en toda la comida y cuando acabaron, Astrid volvió abajo con Kaspar. El niño estaba dibujando algo en un trozo de papel. Durante la tarde hasta la hora de cenar, volvieron a leer Fausto y más tarde jugaron con unos soldaditos a la guerra. Kaspar siempre quería ser el general y no dejaba que Astrid cogiese a Relámpago negro. Era su caballo. Suyo y solo suyo. Cuando llegaron las diez, Astrid acostó en su cama al joven Hauser y salió cuando el carcelero abrió la puerta. Se despidió de Frederick y volvió por el pasadizo hasta su casa.

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Rodrigo Abad

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