Breve antología del encuentro fortuito: rostros arbitrarios

Breve antología del encuentro fortuito: rostros arbitrarios

Algunos, como de personajes de una novela social, retienen nuestra atención hasta que se diluyen del campo visual. Otros, más ascéticos y memorables, atraen de un modo que sólo puede concebir la sencillez.

Los lunes, como siempre, me levanto a las diez. Las noches suelen ser largas y tremebundas: horas de literatura mística, versos desechables y enigmáticos, algún que otro desvanecimiento temporal y, sobre todo, pensamientos tan aprovechables como de probabilidad inexacta: así se urde la nocturnidad del que escribe.

La mañana del último lunes, por ejemplo, después de revisar algún manuscrito en busca de deficiencias obvias y anomalías pulibles, salí a algún sitio. No era urgente: ello me indujo a hacer sabor de la calma que últimamente no se me manifiesta en demasía y, al fin, tampoco acabó importándome adónde tenía que ir: sólo fluí con la parsimonia meritoria de un nuevo comienzo semanal y me sumí con hondura en un paseo que bien podría haber sido como otro cualquiera.

No sabiendo por qué, según me desarbolaba sobre estructuras y dicotomías de calles al azar, comencé a buscarle un propósito mayor a tal empresa, así que se me dio por convertir mi andadura en una obra en la que, reflexivo y pausado, analizaría la índole de quien interviniese en mi camino: pasé a dar relevancia al encuentro fortuito y a la profunda intimidad de los rostros. Varias horas después volví a casa y, sin orden y con holgura, plasmé algunas notas sobre ello.

Aquí las transcribo, como una extensión más del comportamiento social del viandante: En mi camino, algunos rostros, amagando una conexión visual arbitraria, concluían por descender su mirada a los suelos, como si la intimidación les infundiese a adquirir un modo de redención, y aun sabiendo que yo, simple y sin motivo, no era más que otro espejo de ellos mismos: cualquier caminante, cualquier rostro. Otros, sin embargo, hacían de ese tiempo de conexión una contienda admirable, casi sumida en una retórica visual digna de batalla, sin piedad alguna ni sensibilidad por quien pudieran herir, por no poder hacer otra cosa, al mirar: en este caso, en efecto, también las calles se hacían más estrechas a su paso y no se abrían a la opción de dejarle a uno espacio hasta que, en su rendición, optase por dejar la vía libre y apartarse. En un tercer caso, lo mismo sucedía con quien no despegaba la vista del móvil, como idiotizado y sin dirección, dirigiéndose amenazante hacia uno, o al menos con el peligro de la colisión inminente. Y, mientras tanto, la lluvia caía en forma de arbitrio y me recordaba a cierta peripecia sobrehumana de la Odisea. ¡Todo lo que se puede aprender con sólo observar la verdad o fatalidad de varios rostros!

El hecho, desde luego, me hizo reflexionar sobre la importancia del encuentro fortuito. ¿Será que hoy la importancia y transigencia de su opción ya no deba ser valorable?; ¿será que no trascienda la reflexión sobre la materia de cualquier índole que, en el paseo, pueda ser revelada como pensamiento por el pensamiento?; ¿será que ya no sea de buen ver optar por el camino sin rumbo fijo, en todas sus acepciones? Yo no sé qué clase de hechos me llevan a reflexionar sobre este tipo de cosas; no obstante son, cuanto menos, extrañas, y hasta algo enigmáticas.

Lo que anoté bien podrían haber sido caracterizaciones de personajes de novelas de Galdós, Azorín o Cela. Aunque no tenía importancia, después de tanto pensamiento urdido me había olvidado adónde tenía que ir. Así que volví, escribí y, como todos los lunes, comencé a arguciar el siguiente artículo de esta sección. Pienso en que mi viaje no podría haber sido más certero.

¡Qué gran pasado tienen las caras y qué fatal mañana! La historia de los rostros arbitrarios se sume en la decadencia propia de la modernidad. Pero el hoy todavía preserva el tiempo de la instrucción, que es lo más valioso de lo que pueda uno jactarse. Por lo de ahora, sólo rezuma la parsimonia de un nuevo comienzo semanal y, para mí, mañana será martes: ello me hace recordar que la conexión alegórica a la que nos lleva la lectura siempre ha tenido un parecido con la estructura narrativa de Las mil y una noches.

Mis noches seguirán siendo propensas a la hipnosis de dibujos metamórficos que se destintan en su paso por papeles al azar, a los borrones, a la reescritura de versos que desaparecen, digresionan o renacen, y a algún que otro conflicto métrico. Así, tan paradójica, es la vida del que escribe o, por lo menos, como yo, del que lo intenta. Pero, al igual que lo que me sucedió con los encuentros fortuitos, las historias no sólo trascienden en la ficción, sino también en la más inmediata acción diaria. Sólo necesita uno observar, divagar, comprender, buscar la trascendencia de los rostros y, como diría Caballero Bonald, all the rest is silence. La existencia, al fin, no debe ser más que otro cantar épico maleable, azaroso y de circunstancia anómala: de hechos narrables y dignos de ser memoria futura.

Que se promulgue, ad eternum, la religión del encuentro, que será quien nos libre de los males de todo tedio cotidiano: que el resto sea silencio, que el resto magnifique otra repetición nostálgica de lo que en verdad pueda ser meritorio de nuestra atención: así, y con paciencia, podrá construirse lo que algún día será digno de admiración, entereza y palabra. O, dicho de otro modo: digno de sobrevivir al indómito paso del tiempo.

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada (Pontevedra, 1995) es autor, en narrativa, de la novela lírica ‘Triste escarlata’ y de la colección de cuentos ‘Desagravio de la derrota’. En verso ha escrito el poemario ‘El llano circular’, obra que reivindica la literatura de raigambre clásica. Ha publicado una treintena de artículos y dispares creaciones literarias en prestigiosas revistas y medios periodísticos, y colaborado en radios y magazines. También ha escrito ensayos, monografías, crónicas y teatro. Desde febrero de 2017 posee su propia sección dominical ‘Cuaderno Sigma’, donde publica sus investigaciones sobre literatura, arte, sociología, filosofía o actualidad. De carrera filológica hispánica, se especializa en ciencia y teoría literaria, en la rama de Retórica y Poética, y también imparte clases de lengua y literatura españolas en un centro. Su obra ha sido galardonada por media decena de premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Jóvenes Promesas de las Letras 2013, el Charlotte Sabine de Novela Experimental 2014 o el Narrador Estratega de la ASCHI 2016. Es considerado uno de los principales representantes de la Generación Z y uno de los escritores más completos de la literatura post-contemporánea.

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