El drama de la evasión

El drama de la evasión

La evasión jugó un papel fundamental en la literatura a partir del siglo XVI. Hoy esa escisión evasiva se refugia en la tecnología, cosa que debería preocuparnos.

Hay días casi místicos en los que uno decide entrar en una librería como quien entra en un mausoleo. La obstinación está servida y te propones, en un acto de desmedido egoísmo, hacer propósito a la enmienda y buscar la soledad. El azoramiento de esa evasión zumba como nunca en páginas al azar y, mientras, premeditas envejecer un poco los minutos. Pero algo es evidente: cómo ha cambiado la disposición de los libros. Me explico: algunos, aparentemente llamativos, luminosos y depositados en arquitecturas de las más altos círculos inmobiliarios, rezuman y te invitan a acercarte; otros, con ese olor a novedad a veces tan desagradable, te estampan frases absurdas sobre cómo debes actuar en un ímpetu de dirigir tu actividad consciente y atentar contra tu dignidad, qué sé yo.

En uno de esos días tan contradictorios me sucedió que, prestando la atención necesaria para estar sin estar, escuché, con un tono entre la indignación y lo estrafalario, a una chica dirigiéndose a la librera:

–Recomiéndeme algo para evadirme –le dijo.

Pensando quizá en acercarme y ofrecerle un punto intermedio entre Stevenson y Unamuno, se me dio por pararme en seco y observar qué sucedía. Pasó, claro, que la librera le ofreció la novedad: una de esas de las que antes hablábamos. No sorprendiéndome ni eligiendo la culpa de nadie, caí en reflexionar sobre otra cosa: la importancia de la evasión en la literatura y, sobre todo, en distintas materias de la existencia.

Me remonto al siglo XVI: la argucia o evolución literaria da gesta a la novela de caballerías. La raíz épica es indudable, pero ya no surge como constancia de un hecho objetivo, de leyenda o histórico, sino para potenciar el carácter subjetivo en su lectura, como de algún modo ya lo había hecho la épica culta. En definitiva, la preferencia por índole de refugio ante la opresión de la realidad de la época: el heroísmo, fidelidad o justicia de los caballeros recordará ese pasado glorioso y, en cierto modo, hará que éste reviva. La novela de caballerías gozará de una aglutinante difusión en nuestro país, nacionalizándose con obras como el Amadís y, al fin, llegando a la culminación quizá satíricamente planeada –quién sabe– del Quijote de Cervantes.

Pero vayamos a lo que me interesa: ese carácter perdido de evasión. No será que ahora haya tiempos indudablemente mejores aunque difíciles de sostener o, si se quiere, difíciles de planificar ante la diversidad de opciones: la opción nunca ha sido el daño. Transitamos sobre la idiosincrasia de una época cuya aceleración tecnológica y la constantemente renovada actualidad facilitan la inevitable desaparición de materias desarboladas en siglos. La tecnología pone a nuestra disposición un sistema de conocimientos tan vasto que disminuye la total teoría del esfuerzo: hoy cualquiera puede ser músico, político, teórico místico, escritor. Las obras literarias ya son obras tecnológicas, por ejemplo. Obras tecnológicamente logradas: las más fáciles de leer, las que menos tiempo llevan, lo más sencillas y abobadas, lo más llamativas posible para su atención a la subordinación de masas y con perspectiva de provocar el impacto social que se reconocerá como éxito. Hoy cualquiera puede dar carpetazo a años de trabajo y dedicación con la filosofía del anhelo instantáneo como efervescencia de altura. El resultado es, claro, una sociedad más simplificada en toda su índole. Pensemos: ¿es tan mala la evasión –con el reposo de su tiempo y el premio de su esfuerzo– como instrumento de la creación?; y: ¿debemos proseguir inmiscuidos en esta teórica marea que nos arrastra hacia una sociedad avanzada pero formada por millones de individuos iguales y simétricos? Atrás queda lo que nos ha formado y aquí está lo que nos formará, eso desde luego.

Volviendo a la librería, mi visión idealizada de estos lugares es, ya lo sé, una exageración: ya no son lo que eran, ni siquiera las bibliotecas. La ciencia moral, diría Kant, ha sido relevada de la opción. Cualquier templo de libros acaba contaminándose si se da preferencia a la masa y no a la veneración. O al esfuerzo, que es lo mismo. ¡Buen tiempo hemos alcanzado para que la difusión de cualquier tipo arribe con facilidad a cualquier puerto para unos y que, sin embargo, ese mismo barco haga fondear el ancla para otros, como una historia a medio camino! Alonso Quijano acabó convirtiéndose en don Quijote tras sobrepasar una parecida línea de ficción. Sí –dirán–, lo acabas de afirmar: eso es ficción. Pero la tecnología también lo era. Antes soñábamos para creer en la posibilidad. Hoy, en el mínimo trato de la querencia personal, acudimos a la exigencia de dominar la más alta de las virtudes sin apenas fatiga, lo que será análogo a la ausencia de valor o, como se traduciría en el caballero de la novela de siglo XVI, a la paulatina y maléfica actuación de la deshonra.

Ninguna historia puede ser tan desconsolable como aquella, y no por lo que pasó, sino por su significación: comprendí que la tecnología facilita la posibilidad pero disminuye la dificultad, aunque no seré yo quien condene la amplitud de lo que ésta pueda abarcar para otorgarnos, pero toda gran máquina –en su amplia condescendencia– no debe nunca ser el arma empleada para disgregar lo que moralmente pueda ser factible en cualquier memoria: ese esfuerzo, ese carácter tan vívido de permanecer en un estado inigualable en la historia del tiempo, esa simpleza laboriosa que sólo se puede adquirir ensayando la evasión. La primera persona de la experiencia hace que hable, claro, de literatura, pero la idea es igual de válida para la materia de cualquier índole. Eso sí: manejar bien las armas es fundamental. Sea arte, sea vida. Al final acaba desembocando en lo mismo. Pero el arma más importante, la moral, ha sido sustituida –que aún no exterminada.

Últimamente ya no piso muchas librerías por ardor a ponerme pensativo con estas cosas. Después de lo que vi, seguí peregrinando entre las estanterías. Me detuve ante los dichosos libros de colorines. Uno ponía: Lea aquí. ¿Dónde voy a leer si no? Por un momento le vi la gracia a ser estúpido: leí allí, pero en el sentido espacial. Eso sí: varios poemas de una antología de Panero. ¿Por qué estarás tan marginado?, le pregunté al poeta maldito, temiendo que él me respondiera lo mismo. Que yo le hablara a Leopoldo no sería lo más descabellado que podía pasar en la librería, eso seguro. La cara de estupefacción de la librera no varió la confirmación.

Me imagino a un Quijote cuerdo que desea estar loco, luchando contra las aspas de Apple, Google o Facebook, cabalgando por los parajes más desdeñosos de la red y prometiéndole a Sancho un smartphone de última generación. Será cosa de ficciones. Ya saben: nunca es tarde para ser una víctima anticipada de la modernidad. O, por lo menos, para intentarlo: el resto es evadirse y que te importe un bledo.

 

 

Marcus-Daniel Cabada es poeta, narrador y ensayista. Perteneciente a la Generación Z, su obra ha sido galardonada por media decena de premios nacionales e internacionales, entre los que se destacan el ‘Charlotte Sabine’ de Novela Experimental 2014, por Triste escarlata, y el ‘Narrador Estratega’ del Café Trece Leguas de la ASCHI 2016, por Desagravio de la derrota. Actualmente se especializa en literatura española, de la que imparte clases.

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada (Pontevedra, 1995) es autor, en narrativa, de la novela lírica ‘Triste escarlata’ y de la colección de cuentos ‘Desagravio de la derrota’. En verso ha escrito el poemario ‘El llano circular’, obra que reivindica la literatura de raigambre clásica. Es investigador (Nº 292507) de la Biblioteca Nacional de España y editor y director de publicación de la revista 'Ligeia'. Ha publicado una treintena de artículos y dispares creaciones literarias en prestigiosas revistas y medios periodísticos, y colaborado en radios y magazines. También ha escrito ensayos, monografías, crónicas y teatro. Desde febrero de 2017 posee su propia sección dominical ‘Cuaderno Sigma’, donde publica sus investigaciones sobre literatura, arte, sociología, filosofía o actualidad. De carrera filológica hispánica, se especializa en ciencia y teoría literaria, en la rama de Retórica y Poética, y también imparte clases de lengua y literatura españolas y literatura universal en un centro. Su obra ha sido galardonada por media decena de premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Jóvenes Promesas de las Letras 2013, el Charlotte Sabine de Novela Experimental 2014 o el Narrador Estratega de la ASCHI 2016. Es considerado uno de los principales representantes de la Generación Z y uno de los escritores más completos de la literatura post-contemporánea.

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