El estribillo

El estribillo

La Señora Laedis abrió los ojos de nuevo. Estaba en la clínica del doctor donde miraba todo con recelo, nada le daba buena espina. Tumbada en el sofá trataba de desaparecer entre las fibras del mueble, filtrándose entre su rugoso mimbre.

-¿Podemos comenzar, señora Laedis? – Preguntó él.

-Por supuesto. – resopló. – La sigo viendo… Sigo repitiendo la misma escena en mi cabeza una y otra vez. Es como un casete averiado repitiendo por enésima vez el mismo estribillo… Todo se…todo se reinicia.

-Entiendo. – Dijo el psiquiatra mientras garateaba en su cuaderno- Y dígame, ¿le gusta cómo suena ese estribillo?

-No lo sé. Solo estoy aquí porque mi hermana pensó que después de la ejecución lo mejor era esto. No he tenido instintos suicidas, ni vómitos, ni nada. Solo pesadillas.

-Maldito estribillo pues.

-Pero fue horrible, y estoy obligada a verlo todo de nuevo cada noche de mi vida. –Se carcajeó con falsedad con tal de no llorar – Soy la espectadora VIP de una película que no deseo ver. Es como estar atrapada en una jaqueca, todo parece real y a la vez falso.

Dejó caer los brazos, abatida y cansada, atrapada en un dolor tan intangible como intransferible.:

– Es todo como cuando pasó, como si viniese ahora mismo de allí ¿sabe? Yo llego, me siento en primera fila y comienzo a llorar, a llorar mucho doctor. Mis lágrimas forman un gran charco cuando caen al suelo. Entonces entra él, encadenado de manos y pies como si fuese una especia de animal descontrolado, completamente rapado para que la electricidad fluya mejor. Me mira y habla a través del cristal y yo le leo los labios : “Yo no lo hice.” Y yo le creo, le creo cada noche. Pero sientan y le humedecen la calva con esa odiosa esponja marrón. Supongo que en su día fue amarilla per está marrón, sucia y gastada. La esponja me imita y llora también, cae por todo su rostro mientras el charco que provocan mis lágrimas ya no me deja ni ver mis propios pies. “Yo no lo hice, soy inocente”. Lo sé, amor, lo sé. Hice todo lo que pude y no lo conseguí.

Sus lágrimas comenzaron a caer del diván del doctor, apelotonándose en el suelo. La señora Laedis seguía como podía, con los ojos cerrados mientras se palpaba la alianza.

-Observo el reloj y veo que solo quedan dos minutos, nadie va a llamar. Con angustia que se hace cada vez más pesada, miro y remiro ese estúpido reloj y lo maldigo y bendigo a la vez: por arrebatarme cada segundo de su presencia, pero por haberme dejado contemplar su dulce rostro otro segundo más. Pasan los dos minutos, enchufan la corriente alterna y lo veo morir…cada noche. Es entonces cuando agacho la cabeza abatida, miro al charco que he formado con mis lágrimas y me lanzo dentro de él para escapar.

-¿Y qué hay al otro lado?

Ella cierra los ojos y se deja llevar.

-Yo abriendo los ojos tumbada en mitad de esta clínica y usted preguntándome si podemos comenzar.

The following two tabs change content below.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: