El último Ulises

El último Ulises

Diviso la imagen de un tigre previo a la galería y me dirijo hacia lo que se supone el último zaguán inclinado ventajosamente al paso. El fin de la travesía por el bulevar hace que eleve la vista con cautela, y evito ejercer el azaroso bovarismo tras la postrera relectura de Faquir: allí, acogida por la oscura y recóndita praxis de la rambla, está ella.

En la génesis y albor de nuestros encuentros, de los que ya hace ahora un año, prejuzgué en vano su aspecto. Tampoco estimé adentrarme en las errantes sustancias de su espíritu y, no sabiendo cómo expresar el tiempo, comencé por actuar de un modo disperso y autónomo. Me obcequé en provocar en mis horas un fiel imaginario de su figura: tan estática y pacífica, en liviana quietud de silencio; tan impasible y pasajera ante la marcha; tan valerosa e impávida cuando a la noche convenía frecuentar alguna caverna en busca de cobijo, y algún puchero generoso con el que sosegar el hambre, y alguna vasija con la que adormecer la sed. Confieso que fui incauto y premedité rescatarla, pero la indecisión pesó más que el ímpetu.

La última vez que la vi sostenía un ejemplar del Ulises de Joyce que, por la diversa variedad de anotaciones, parecía asimilar algunas magistralías y enmendar otras tantas. Ahí comencé a vislumbrar hacia dónde podría partir nuestra común memoria: yo, que tantas veces había sido Ulises, atesoré la tormentosa espera de Penélope, y ella, comprometiéndose regia con la huida, repudió dejar rastro alguno a su dilatada y vasta ausencia.

En el umbral de la partida soñé con no ser el único que denotase su marcha, pero los días me quitaron razón: la travesía por las rúas y las avenidas, con la esperanza de hallar quien supiese de ella ―ya no digo discernir un nombre―, fue tan cansada como vana. La duda me resquebrajaba sobre una caterva de incertidumbre imparcial que, acrecentándose con el tiempo, sólo me injería pensamientos maliciosos sobre qué podría haber sucedido, y no pocas veces creí volverme loco.

El día de la revelación me detuve, como siempre, ante el zaguán. Sé que llovía, formándose en el pavimento un espejo de intensos tonos lapislázuli con modelaciones de bóveda: la prolongación de su curvatura bajo mi pedestal me dejaba entrever en su imagen una llanura interminable, una batalla en cuyo porte se reflejaba el universo y todas las cosas dignas de abarcar la verdadera miseria. También encontré allí ningún trayecto hacia un norte de salvación. Y entonces me enteré de que ya no podría encontrarla: había muerto.

Hoy elevo la mirada por última vez en memoria del Ulises y asumo que el resto de los días supondrán subsistir a la entrada en la galería y al consecuente enternecimiento del pensamiento con imágenes absurdas sobre una desconocida a la que he frecuentado a través de breves liberaciones y querencias distantes. Sé que una cosa ya es segura: cómo la contemplación supone, a veces, el desenredo estático de una emoción que se emancipa de la lógica y se vincula con uno hasta arraigar en su interior con dosis efímeras de devastación y ternura. Se le insta al contemplado a representar la figura tan significante de los sucesos cotidianos y a ejercer con diligencia la siempre ardiente llama de la lejanía. A veces, también los sujetos se redimen para ser entes íntimos e incondicionales.

Ahora, que entro en la desolada grieta de las galerías, se consuma en lo inmediato otro olvido parcial. Solo y ausente, sosegado y carcomido, aunque ―quiéralo Penélope― también con cierto optimismo taciturno, pienso en tejer mi tela. Pero esta vez la espera será mayor: ya todas las horas rezuman ciertas dosis de pesadumbre desde que sé que ella, el último Ulises, ya no está. Ha partido.

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada (Pontevedra, 1995) es autor, en narrativa, de la novela lírica ‘Triste escarlata’ y de la colección de cuentos ‘Desagravio de la derrota’. En verso ha escrito el poemario ‘El llano circular’, obra que reivindica la literatura de raigambre clásica. Es investigador (Nº 292507) de la Biblioteca Nacional de España y editor y director de publicación de la revista 'Ligeia'. Ha publicado una treintena de artículos y dispares creaciones literarias en prestigiosas revistas y medios periodísticos, y colaborado en radios y magazines. También ha escrito ensayos, monografías, crónicas y teatro. Desde febrero de 2017 posee su propia sección dominical ‘Cuaderno Sigma’, donde publica sus investigaciones sobre literatura, arte, sociología, filosofía o actualidad. De carrera filológica hispánica, se especializa en ciencia y teoría literaria, en la rama de Retórica y Poética, y también imparte clases de lengua y literatura españolas y literatura universal en un centro. Su obra ha sido galardonada por media decena de premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Jóvenes Promesas de las Letras 2013, el Charlotte Sabine de Novela Experimental 2014 o el Narrador Estratega de la ASCHI 2016. Es considerado uno de los principales representantes de la Generación Z y uno de los escritores más completos de la literatura post-contemporánea.

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