Encontrándose a sí misma [Segunda Parte]

Encontrándose a sí misma [Segunda Parte]

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Y como todo lo bueno se acaba pronto, allí llegó ya, en día de Navidad y con el atuendo sin comprar. Volvió de nuevo al centro comercial donde había estado y revisó más de quince tiendas distintas. Consiguió unos zapatos de tacón mediano, muy bonitos, todo hay que decirlo, y llegó incluso a encontrar un bolso a conjunto, aunque tuvo que pelearse con una mujer con pintas de travesti para obtenerlo. Ya solo faltaba el vestido. Se quedaba sin tiempo. Aún tenía que ducharse, peinarse, vestirse y conducir hasta la casa de sus padres, que no es que estuviese muy cerca. Sí, tendría que atravesar al menos treinta kilómetros de carretera para ir a la cena, a la cual no tenía ningunas ganas de asistir. Pero de repente ocurrió algo extraordinario, delante de un escaparate apareció el vestido ideal. Un vestido ajustado de palabra de honor con tonos dorados y azules que iba perfectamente con el bolso y los zapatos. Parecía que aquel día la suerte le sonreiría un poco a Juliet Sparks. Aunque el vestido se salía un poco de su presupuesto, estuvo dispuesta a darse el capricho solo por el hecho de que lo había encontrado. Lo compró y salió de la tienda más contenta que unas pascuas. Como aún le quedaban cuatro horas para la cena, decidió pasarse por la peluquería para que le diesen un retoque de tinte y peinado. Eso duró una hora, e iba justa de tiempo. Justo antes de salir del centro comercial, viendo que la suerte le había sonreído, dispuso comprar un boleto de lotería con el número “55113” por si todavía conservaba algo de fortuna. El premio era suculento, de al menos siete cifras. Salió del centro comercial y se dirigió hacia su casa. Allí se duchó relajadamente, se vistió y se maquilló. Ni ella misma se creía que tanta sensualidad pudiese encontrarse en su cuerpo. Sonriendo tomó la idea de mandarle un sms a Cherry para que corroborase que iba sexy, y así fue la respuesta. Tomó su abrigo y se montó en el coche dispuesta a llegar a tiempo a la cena de Navidad, por primera vez en más de seis años. Justo durante su trayecto había empezado a nevar y su coche no estaría preparado para atravesar caminos hasta la casa de campo de sus padres. Aparcó en una de las calles más cercanas que pudo encontrar y tomando un paraguas del maletero se puso en camino. Hacía un frío tremendo y entre la nieve y el aire, Juliet estaba congelada. Avanzó como pudo por los callejones hasta que de pronto pasó un coche. Ella pensó que quizás un taxista caritativo la recogería, pero en cambio se trataba de un loco alcoholizado que pasó derrapando al lado de la pobre Juliet y provocó que su vestido se empapase por completo con la nieve derretida que no acababa de cuajar por aquellas calles húmedas. “Maldita sea” —pensó Juliet tiritando de frío. Con el vestido chorreando y las esperanzas acabadas continuó el trayecto hasta dar con un pobre hombre que se acurrucaba en torno a unos cartones y unas mantas. Calentaba una lata de judías en un camping gas minúsculo y a la vez intentaba entrar en calor. El señor de párpados caídos miró a la desamparada Juliet y no tuvo más remedio que preguntarla.

— ¿Por qué una chica tan preciosa está sola en Navidad? ¿A dónde se dirige, señorita?

Pese a la desconfianza de Juliet por los desconocidos decidió responderle con amabilidad.

—Voy a casa de mis padres a una fiesta… aunque realmente preferiría haberme quedado en casa.

—Una fiesta eh… bueno querida no creo que llegues muy lejos con ese vestido empapado. Si te apetece puedo compartir unas cuantas judías contigo.

—No se preocupe buen hombre, pero déjeme entregarle algo como muestra de mi agradecimiento, ni siquiera Mussolini debería estar solo en Navidad. Tenga —dijo sacando un billete de cincuenta libras de su bolso—. Para que pueda alojarse, o comprarse algo.

—Gracias jovencita, permíteme a mi darte mi chaqueta y que te sirva de resguardo, o no creo que llegues muy lejos con ese vestido tan corto. Estas niñas de hoy en día con sus trapitos cortos… —dijo el hombre entre algunas risas.

Y así tomando la chaqueta del mendigo generoso, Juliet se despidió de él y continuó con su camino, sin darse cuenta que al darle el dinero el boleto de la lotería se cayó al suelo ocultándose entre la nieve. Al no dar con ningún taxi y estar muy lejos de su coche, decidió realizar el camino a pie. Llegó por fin al chalet, aunque con algo de fiebre por el frío. Sería cosa de las diez y media.

—Pensábamos que ya no vendrías —dijo su madre mientras llevaba algunos aperitivos a la mesa—. Y olvidaste el vino, si es que no puedo encargarte nada, menos mal que compré algo de rosado. ¿Qué son esas pintas? Sube ahora mismo a cambiarte, seguramente tenga un vestido en el armario que te valga. Y baja en seguida, bastante ridículo hemos hecho ya…

Por si no fuera poco tras la regañina de su madre, la colocaron justo entre sus dos tíos, Alfred y Eileen, que actualmente se encontraban en periodo de divorcio y se pasaron la cena regañando por la custodia de su perro y la partición de bienes. Sus sobrinos se habían pasado la velada correteando, gritando y los más pequeños llorando. Obviamente tuvo que soportar los esperados comentarios de sus cuñadas, y algo inesperado, la presentación de su soltería a los socios de sus padres, que insistieron irónicamente en emparejarla con alguno de sus hijos. El vestido que Juliet había tomado de su madre era horroroso, y la zona del cuello la tenía irritada. Tras comerse y degustar algunos canapés se pasó la mayor parte del tiempo pegada a la copa de champán y cantando villancicos pasados de moda. Por último, el clímax de la cena llegó con un hombre de al menos treinta y ocho años con el que acabó enrollándose.

La cena acabó y pudo irse a dormir con una cogorza monumental. Al día siguiente todo le daba vueltas, y tuvo que usar el servicio un par de veces. Se duchó tranquilamente y bajó al saloncito, donde solo quedaba la familia y observaban la tele con atención.

—Ya era hora de que bajases a comer. Ten, te he preparado un poco de sopa —dijo Mildred sonriente.

Mientras comían, llegó el turno de las noticias, y en la televisión comenzó a hablarse del premio de lotería, que se había realizado esa misma mañana. La cara de Juliet cambió por completo a comprobar que el número premiado era su número, el “55113”, y que el ganador al cual estaban entrevistando era nada más y nada menos que el mendigo al que Juliet había ayudado la noche anterior. Éste daba las gracias a un ángel pelirrojo que había aparecido entre la nieve, y confirmaba que donaría la mitad del premio a asociaciones contra la mendicidad y la entrega de alimentos. Sin embargo Juliet no empezó a patalear, ni a lloriquear de rabia, se dedicó a sonreír y a pensar que aquel premio estaría mucho mejor en manos de las ONG, que en su bolsillo, pues ella seguramente lo habría gastado en tonterías. Aquel pensamiento no parecía real, pues la sociedad consumista te obligaba a que si tenías dinero debías gastarlo lo antes que pudieses.

—Una semana después—

Juliet continuó con su vida tras el fin de año. Salió de fiesta con Charlotte, la cual encontró a más de un hombre y decidió formalizar una relación seria. Juliet concluyó con dejar su trabajo por un tiempo, y se volcó de lleno para acabar sus novelas románticas, las cuales no tenían ningún final posible, hasta que, una tarde a principios de enero, una persona muy especial se presentaría en su puerta. Un hombre de barba recortada, altura considerable y de apariencia generalmente atractiva se erguía en la entrada de su piso. A ella por poco se le paró el corazón, al comprobar que se trataba del chico de la fiesta de navidad, con el que había tenido una noche que no había podido recordar. Él había conseguido la dirección gracias a Mildred, que se había mostrado muy satisfecha. Ella lo invitó a pasar y tomaron un café muy entretenido, del que saldría una sólida relación. Por fin, estaba lista para terminar su primer libro, al cual tituló “Encontrándose a sí misma”, con el que obtendría un gran reconocimiento. Y es que hay una frase que dice, “si ayudas a una persona, el buen karma te recompensará, sea un día cualquiera, o en la mágica Navidad”.

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Rodrigo Abad

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