Encontrándose a sí misma [Primera Parte]

Encontrándose a sí misma [Primera Parte]

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Aquel piso en realidad parecía una cuadra. Los vestidos, sujetadores y demás prendas femeninas se amontonaban en el sofá, al igual que las colillas que rebosaban en el cenicero de la mesita de café. Las persianas estaban bajadas la mayor parte del tiempo, y se podía suponer que allí no vivía nadie. Pero no era cierto. Aquel piso céntrico era habitado por una mujer de treinta y pocos años, cabello rojizo con alguna que otra cana en las raíces y de expresión amable y sencilla. Juliet Sparks vivía sola desde hacía al menos… cuatro años. Su última relación había sido un completo fracaso. A escasos meses de comprometerse, ella se cansó y decidió que cada uno siguiese su camino. Lo normal en aquellos casos era que a los pocos días, lo enamorados volviesen a estar juntos, pero aquello no ocurrió. Ella trabajaba como columnista en un periódico local, y dedicaba aquel espacio para liberar toda la tensión acumulada por sus prejuicios. Juliet no se consideraba una mujer fea, simplemente que tenía algunos “kilitos de más” para cómo debía ser una mujer moderna de la actualidad, tenía la nariz respingona y fumaba mucho. Fumaba, y bebía café. Por eso en el momento que entrabas al apartamento la concentración entre el humo del Camel y el contraste con el café colombiano que compraba expresamente del Lidl hacían que pensases que te encontrabas en el bar de abajo. Aparte de esos hábitos mejorables, llevaba bastante tiempo sin hacer deporte, más por pereza que por otra cosa. Por las noches solía echar una hojeada a sus fotos del instituto o la orla de cuando se graduó en la universidad. “Qué tiempos aquellos, en los que mi talla treinta y seis me quedaba divina”—se decía así misma entre suspiros.

Hacía más de diez años que se había licenciado en literaturas comparadas y periodismo, pero se tomó varios años sabáticos intentando escribir novelas románticas para publicarlas. Aquella época pasó, y no terminó ninguno. Los manuscritos cogían polvo en una caja de cartón con empapelado cutre y esperaban ser retomados algún día. Más tarde obtuvo su trabajo en el periódico, pues su madre, Mildred, tenía una prima que era reportera de televisión. Ella había empezado como columnista de ese periódico, y tuvo la caridad de solicitar un puesto para Juliet. Dentro de ese periódico nuestra protagonista conoció a un joven y prometedor contable, Adrián, que tenía más o menos su misma edad y unos músculos de gimnasio. Estuvieron saliendo alrededor de un año, pero de buenas a primeras Juliet “le dio la patada” y se refugió de nuevo en su trabajo. Era insoportable tener que verlo todos los días rondando por allí y coqueteando con las secretarias, pero al final de todo lo ascendieron y no lo volvió a ver.

Aquel día era veintitrés de diciembre y eso significaba que quedaba muy poco para Navidad. Ella había cogido las vacaciones una semana antes, y volvería a incorporarse a mediados de enero. Un momento, ¿veintitrés de diciembre? Qué raro que su madre todavía no la hubiese llamado para preguntarla que quería para la cena de ese año, y si llevaría a alguien. ¡Já! Ojalá pudiese decirle a su madre que tenía un hombre durmiendo en su cama y que muy pronto se comprometerían y le daría nietos, pero eso no era así. No habría ni boda ni niños.  Mildred se empeñaba en juntar a la familia todos los años para la cena de Navidad, y celebraban una fiesta a lo grande. Lo cierto es que la familia de Juliet era bastante adinerada y poseían un chalet con jardines muy grande, cerca de Brighton. ¿Qué manía era esa de invitar a todo el mundo? No solo tendría que soportar ver a sus otros cuatro hermanos, todos casados y con tres hijos cada uno, sino que también vendrían sus cuñadas, aquellas harpías sin escrúpulos que lo único que sabían decir era: “Ay, sí, pues mi Tyler ha dibujado esto en la escuela” “¿Cuándo te vas a casar, Juliet? “No te preocupes, ya te llegará tu momento, esperemos que no sea demasiado tarde” “Sí, muy pronto vamos a tener otro, será una niña, y estamos planteando en llamarla Angelina, como la actriz”. Malditas brujas de tacones de aguja y uñas con manicura francesa, no las tragaba. Con sus hermanos solo hablaba por teléfono, y en ocasiones puntuales, pues tampoco tenían mucho tiempo, ni siquiera para su familia. Dos de ellos trabajaban como empresarios, otro era investigador genético y el último se empleaba como profesor de autoescuela. Aunque al más pequeño (Jacob) se le había ofrecido la posibilidad de trabajar para uno de los empresarios, este había rechazado, pues casi siempre iba en otra onda. Juliet lo apreciaba muchísimo, mucho más que a los otros. La lástima es que Jacob no iría a la cena de Navidad, y por eso Juliet se aburriría de lo lindo.

Aquel veintitrés no hizo mucho, simplemente colocar y limpiar un poco la casa, por si a su madre o alguna de sus pocas amigas se le ocurría aparecer. Su mejor amiga de todas, había trabajado en el mismo periódico que ella como redactora. Se llamaba Charlotte, y era una joven peculiar. Juliet la solía llamar “Cherry”, pues era el apodo que le habían puesto desde niña, y aún se sentía a gusto con él. Cherry era una rubia de metro setenta, treinta años, busto bien formado y con largas piernas; en definitiva, lo contrario a Juliet. Cuando salían de fiesta, era normalmente la que solía ligar y Juliet se tenía que conformar con el amigo feo que traía el otro chico, pero por lo menos aún sabía que atraía a los hombres, bueno a ese tipo de hombres. Cherry ahora había conseguido curro como anunciante para una empresa de cosméticos, pero seguía quedando con Juliet para salir por ahí.

Las premisas de Juliet se cumplieron. Eran las ocho y media de la tarde cuando su teléfono empezó a sonar estridentemente mientas ella disfrutaba de una apacible ducha caliente. Por poco tropezó en los baldosines mientras corría con la espuma del champú cayéndole por la cara hasta la mesita del  teléfono. Lo descolgó y allí encontró su peor pesadilla. Todo empezó con un intercambio de “¿Hola, qué tal estás? Siguiendo con una ronda de “Hace mucho tiempo que no te veo, a ver si te pasas más por casa” y acabó con un “¿Te apetece marisco para cenar, o prefieres algo de pavo relleno?” “Voy a hacer jamón al horno, creo que a los invitados les gustará” “La cena empieza a las nueve y media, no llegues tarde. Si traes a alguien comunícamelo en seguida, y por cierto, no hace falta que traigas nada, pero si quieres puedes comprar algo de vino o de champán, sabes que a papá le gusta mucho. Adiós Juliet, te espero”. La conversación poco intervenida con Mildred duró al menos doce minutos, en la cual solo aparecieron algunos “Sí, mamá” “Estoy bien” por parte de Juliet. Pero no contenta con eso, su madre le dejó un mensaje en el contestador automático: “Ah, se me olvidaba. Ponte guapa, que van a venir los antiguos compañeros de papá con algunos socios de la empresa, lo mismo tienes suerte y encuentras a tu media naranja. Algo de tacón y bolsito a conjunto, ya sabes. ¡Besos!” Definitivamente aquella mujer se había vuelto insoportable. La última condición era ir bien vestida, como si se tratase de una top model. “Maldita sea” —pensó Juliet maldiciendo su suerte—. “Ahora tendré que ir de tiendas, porque no tengo nada que ponerme”. A las nueve y cuarto se presentó en el centro comercial, con la sorpresa de que todas las tiendas estaban cerradas. Maldijo de nuevo su suerte y pensó que podría comprarse el modelito horas antes de la cena.

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Rodrigo Abad

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