“Jax y la luna” y otras maravillas de la trilogía del “Asesino de Reyes”

“Jax y la luna” y otras maravillas de la trilogía del “Asesino de Reyes”

“El nombre del viento” y “El temor de un hombre sabio” son los dos primeros libros de una trilogía escrita por Patrick Rothfuss , en la que se cuenta la historia de Kvothe y las leyendas que tras él discurren. Se trata de una historia fácil de leer – pese a que los libros son largos- con una escritura muy amena, de carácter fantástico y que consigue hacerte desconectar de tu rutina entre sus páginas.

En estas obras además, se esconden algunas oraciones e historias que dan pie a la reflexión y son, sin duda, lo que da el toque de magia a la novela.

Por ejemplo, habla de como enfrentar el dolor:

“Quizá la mayor facultad que posee nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus necesidades. La primera es la puerta del sueño. El sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta. La segunda es la puerta del olvido. Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa. Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de que «el tiempo todo lo cura» es falso. El tiempo cura la mayoría de las heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta. La tercera es la puerta de la locura. A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad. La última puerta es la de la muerte. El último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han enseñado.”

 

De la realidad de la que subyace en el ser humano:
“—Solo es un detalle, Reshi. Todas las mujeres de tu historia son hermosas. Normalmente no puedo refutarlo, porque no las conozco. Pero a esta sí la vi. Tenía la nariz un poco torcida. Y si hemos de ser sinceros, tenía la cara un poco afilada para mi gusto. No era una beldad impecable, Reshi. Te lo digo yo, que he dedicado mucho tiempo a estudiar estas cosas. Kvothe miró largamente a su pupilo con expresión solemne. —Somos algo más que las partes que nos conforman, Bast —dijo con un deje de reproche.”

Del miedo:

“Todo hombre sabio teme tres cosas: la tormenta en el mar, la noche sin luna y la ira de un hombre amable”

Del menos es más:

“Habla poco si quieres que te escuchen”

Y de la búsqueda de la felicidad como un imposible, a través de la primera parte de la historia de “Jax y la luna”:

Una vez, hace mucho tiempo y muy lejos de aquí, había un niño llamado Jax que se enamoró de la Luna.

Cualquiera que viese a Jax se daba cuenta de que aquel niño no era como los demás. Nunca jugaba. Nunca corría por ahí armando alboroto. Y nunca se reía, decía la gente. Algunos opinaban que el problema era que nunca había tenido padres. Otros aseguraban que tenía una gota de sangre feérica en las venas y que eso impedía a su corazón conocer la dicha.

Jax tenía mala suerte, eso no podía negarse. Cuando conseguía una camisa nueva, se le hacía un agujero. Si le regalabas un dulce, se le caía al suelo. Algunos afirmaban que el niño había nacido con mala estrella, que estaba maldito, que había un demonio que habitaba su sombra. Otros sentían lástima por él, pero no la suficiente para tomarse la molestia de ayudarlo.

Un día, un calderero llegó por el camino hasta la casa de Jax. Fue extraño, porque el camino estaba roto, y por eso nadie lo utilizaba.

– ¡Hola chico! -gritó el calderero apoyándose en su bastón- ¿Tienes un poco de agua para un anciano?.

Jax le llevó agua en una jarra de arcilla resquebrajada. El calderero bebió y bajó la vista para ver al niño.

– No pareces muy feliz, hijo. ¿Qué te pasa?

– No me pasa nada -respondió Jax-. Me parece a mí que uno necesita algo para ser feliz, y yo no tengo nada…- Lo dijo con una voz tan monótona y con tanta resignación que le partió el corazón al calderero.-

– Creo que en mis fardos tengo algo que te hará feliz -le dijo al chico-. ¿Qué me dices?.

– Te digo que si me haces feliz, te estaré muy agradecido -contestó Jax-. Pero no tengo dinero para pagarte, ni un sólo penique que dar, prestar o regalar.

– Pues eso va a ser un problema -repuso el calderero-. Porque lo mío es un negocio, no sé si me explico.

– Si encuentras en tus fardos algo capaz de hacerme feliz -dijo Jax-, te daré mi casa. Es vieja y está rota, pero tiene algún valor.

El calderero contempló la casa, vieja y enorme. Era casi una mansión.

– Sí, ya lo creo-dijo.

Entonces Jax miró al calderero, se puso serio y dijo:

– Y si no puedes hacerme feliz, ¿qué hacemos?. ¿Me darás los fardos que llevas colgados a la espalda, el bastón que llevas en la mano y el sombrero que te cubre la cabeza?.

Al calderero le gustaban las apuestas, y sabía reconocer una provechosa. Además, sus fardos estaban llenos a rebosar de tesoros traídos de los Cuatro Rincones, y estaba convencido de que podría impresionar a aquel crío.  Así que aceptó el envite y se estrecharon las manos.

Primero el calderero sacó una bolsa de canicas de todos los colores del arco iris. Pero no hicieron feliz a Jax. El calderero sacó un boliche. Pero tampoco hizo feliz a Jax. El calderero rebuscó en el primer fardo, estaba lleno de cosas normales que habrían gustado a cualquier niño normal. Dados, títeres, una navaja, una pelota de goma… Pero nada de aquello hacía feliz a Jax. Así que el calderero buscó su segundo fardo, que contenía cosas más raras. Un soldadito que desfilaba si le dabas cuerda. Un estuche de pinturas con cuatro pinceles de distinto grosor. Un libro de secretos. Un trozo de hierro caído del cielo…Así siguieron todo el día y hasta muy entrada la noche, y al final el calderero empezó a preocuparse. No le preocupaba perder su bastón, pero se ganaba la vida con sus fardos, y le tenía mucho cariño a su sombrero.
Al final comprendió que iba a tener que abrir su tercer fardo. Era pequeño, y dentro únicamente había tres objetos. Pero eran cosas que el calderero sólo enseñaba a sus clientes más acaudalados. Cada uno de ellos valía mucho más que una casa rota. Sin embargo, el calderero pensó que era mejor perder uno que perderlo todo, incluido el sombrero.

Cuando el calderero estaba cogiendo su tercer fardo, Jax señaló y dijo:

– ¿Qué es eso?

– Son unos anteojos -respondió el calderero-. Son un segundo par de ojos que te ayudan a ver mejor. -Los cogió y se los puso en la cara a Jax-.

Jax miró alrededor.

– Lo veo todo igual -dijo. Entonces alzó la vista-. ¿Qué es eso?.

– Eso son las estrellas -contestó el calderero.

– Nunca las había visto. -Se dio la vuelta mirando al cielo. Entonces se paró en seco-. ¿Qué es eso?.

– Eso es la luna -contestó el calderero.

– Creo que eso sí me haría feliz -dijo Jax.

– Estupendo -dijo el calderero, aliviado-. Ya tienes tus anteojos…

– Contemplarla no me hace feliz -aclaró Jax-. Contemplar mi comida no me quita el hambre. La quiero. La quiero para mí.

– No puedo darte la luna -dijo el calderero-. No es mía. Es dueña de sí misma.

– Sólo me sirve la luna -insistió Jax.

_ En ese caso no pudo ayudarte -dijo el calderero exhalando un hondo suspiro-. Mis fardos y todo lo que contienen son tuyos.

Jax asintió con la cabeza, aunque sin sonreír.

– Y aquí tienes mi bastón. Un bastón sólido y resistente, te lo aseguro.

Jax lo cogió.

– ¿Te importaría… -dijo el calderero de mala gana- dejarme conservar el sombrero?. Le tengo mucho cariño…

– Ahora me pertenece -repuso Jax-. si tanto cariño le tienes, no deberías habértelo jugado.

El calderero le entregó el sombrero frunciendo el ceño.

Jax se caló el sombrero, cogió el bastón y recogió los fardos del calderero. Cuando encontró el tercero, que el calderero todavía no había abierto, preguntó:

– ¿Qué hay en este?.

– Una cosa para que te atragantes -le espetó el calderero-.

– No deberías enfadarte por un sombrero -le dijo el chico-. Yo lo necesito más que tú. Voy a tener que caminar mucho para encontrar la luna y hacerla mía.

– Pero si no me hubieras quitado el sombrero, quizá te habría ayudado a atraparla -replicó el calderero.

– Puedes quedarte mi casa rota -dijo Jax-. Eso ya es algo. Aunque tendrás que arreglarla tú.

Jax se puso los anteojos y echó a andar por el camino en dirección a la luna. Caminó toda la noche, y sólo paró cuando la luna se perdió de vista detrás de las montañas.

Y Jax caminó un día tras otro, buscando sin descanso…

 

Este cuento me hizo reflexionar, al menos esta primera parte, llegando a  la conclusión de que la felicidad no está en las cosas, ni en los grandes objetivos en sí, sino en el camino y las cosas que vives mientras la buscas. Puedes perseguir ser feliz y no conseguirlo nunca, porque tu idea de felicidad es inalcazable, es perfección, es la ausencia de problemas y, como dice el dicho popular, la perfección no existe. Quizá sea más productivo fijarte en la tierra que pisas cuando andas, los árboles que te rodean y todo lo que vas consiguiendo buscando ese ideal, que si bien no es todo lo que deseas es mucho más de lo que realmente necesitas.

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