John Ruskin y la diversidad de la farsa

John Ruskin y la diversidad de la farsa

La historia del pensamiento espontáneo está plagada de argucias que giran en torno al contrasentido y su analogía. El ingenio irracional del individuo no debe ser un desafío, sino una manifestación que retrate los actos y símbolos de la sociedad.

No hay términos que me resulten más contradictorios y moldeables que aquellos cuyos precursores emplean libremente en favor de tal o cual cosa, como anclados en el devenir de una conversación que les exige defender una idea que no es de su deseo ni agrado; desterrar la opinión más allá de la frontera e inducir a los interlocutores a la redención ideológica será, casi seguro, aceptar y patrocinar dicho término, y más si ello implica inquirir nuestra retórica y desdeñar la medida de nuestro tiempo.

Hablo, en consecuencia, del empleo arbitrario que de la palabra “razón” y su familia hacen algunos como solución a la mayoría de paradigmas de índole general: “Tienes razón” o “No tienes razón” –dicen–: “No es algo racional” o “Tú no razonas” o “Has perdido la razón” –aseguran.

Es común postular que tal terminología sea el fin más deseable a todo hecho con el que estemos de acuerdo o, por lo menos, con el que compartamos cierto punto de inflexión; no obstante, aceptar su imposición no sería más que desembarcar en el error y, por consiguiente, en la caricatura y sátira del pensamiento: daríamos por hecho que todo emana de lo racional cuando, en mayor medida, es el irracionalismo lo que nos ha llevado a retratar los símbolos más inesperados y geniales de la sociedad.

Pienso, por ejemplo, en uno de los más grandes prosistas de la literatura inglesa: John Ruskin (1819-1900) plagó su obra de imágenes refundidas en un vasto pensamiento irracional, hasta formular las bases de la falacia patética o antropomórfica. Como teorizador y maestro del arte y de la arquitectura no desdeñó su opinión de que los cuadros debían ser pintados en semicírculos para corresponder a la visión y que, por antonomasia, se pintaba en lienzos rectangulares debido a la “maléfica” influencia de paredes, puertas y ventanas.

Pero si ha de haber alguna genialidad que, a mi parecer, reine sobre el resto, ésta seguramente deba ser remitida a lo que Ruskin pensó del ferrocarril: ningún versículo de la Biblia hablaba de “edificios de hierro” y él se opuso, por tanto, a su construcción. ¿No podría ilustrar esto una ideal teoría de la farsa? La acertada erudición que poseyó su opinión es, en todo caso, un hecho que merece cierto análisis.

Reflexionando sobre el empleo del lenguaje en relación con todo ello se me sugiere pensar sobre la importancia que recae en el símbolo como un componente indisoluble de lo social o, más certeramente, de la conjunción que desemboca en la sociedad. Pero me centraré en lo que quizá hoy en día más nos competa: el rechazo al que se expone un individuo al hacer del irracionalismo un modo de pensamiento común y compartido. Es decir: de ejercer su libre condición artística.

Yo no sé si el actual sobrevalor de la remuneración instantánea o si el tremebundo pasotismo de los que nos gobiernan actúa en detrimento de los valores humanitarios, artísticos, de índole social, personal, psicológica o funcional; yo no sé si la rémora viene siendo escasa o abundante en el tiempo, o si tal o cual hecho ha actuado en su favor o en su contra; yo no sé si la historia –cuya estructura es un círculo– se dignará a darnos alguna que otra oportunidad, y tampoco sé si ésta recaerá sobre algún grupo social, persona, colectivo (o lo que fuere) más que sobre cualquier cosa que pueda uno imaginar; no obstante, no tiene uno que abrumar en experiencia para sí saber de la vital importancia del pensamiento y, como única solución a su mesa de operaciones, de la manifestación artística y cultural que define las bases, caminos y condiciones de una sociedad.

Uno se percata de que a diario es propagado en nuestro país cierto movimiento de falsedad contrarretórica que engloba la esfera de ese pensamiento y, en consecuencia, de lo definitivamente humano: es frecuente toparse con individuos cuya defensa pública de los valores culturales rezuma en ecos gloriosos para emanar después hacia la sinrazón y la apariencia. Lo que bien podría considerarse un acto de egoísmo y malversación adquiere mayor gravedad al encarnarse en cuestiones del tipo “¿Y tú para qué estudias eso si no tiene salida?”, dirigidas hacia quien extenúa su vocación como elección, o en afirmaciones casi igual de demagógicas: “Me gusta leer pero no tengo tiempo” o “Tú escribes muy difícil” –como si hubiera algún tipo de escritura fácil– o el simple desprecio hacia individuos iguales en haberes, la mayoría de las veces más jóvenes que el “crítico”: por ser sustancialmente más experientes se atribuyen la capacidad obligatoria de ser analógicamente superiores. Ortega y Gasset ya nos advertía en España invertebrada de la raíz de lo que consideraba como “el gran fracaso hispánico”: el odio a los mejores o la escasez de estos. Pero ahí no queda la cosa. Incluso la batalla trasciende a niveles de igual ramificación: unos contra otros del mismo calibre, otros contra unos de la misma condición.

¿Será que nos hemos perdido en una desautomatización cultural, que todo lo vasto, rígido y valioso que nos ha formado pueda haber llegado a su fin?; ¿será que las pobres manifestaciones que todavía malviven sean asimismo tan efímeras como vacías?; ¿será que la aceleración del individualismo y de la sociedad del “yo” haya marcado y sentenciado a la historia?; ¿será que el valor psicológico, atemporal e instantáneo haya sustituido al simbólico?; ¿será que en el fundamento social de la modernidad no quepan más manifestaciones que las nacidas en la propia modernidad?; ¿será que no pueda uno ejercer una crítica sana y no redimirse a la “verdad absoluta” de algunos?; ¿será que la opinión haya dado muerte a la opinión?

No debe ser desprendido el símbolo como un mero desafío en oposición a lo ya asentado como tradicional. Las manifestaciones individuales son la esencia y motor de las manifestaciones colectivas. Pensemos: ¿qué habría sido de la historia de la soledad sin el vivir quiero conmigo del místico Fray Luis; qué habría sido de Nietzsche, Borges o Kierkegaard –y, en consecuencia, del pensamiento y la literatura contemporánea– sin el pesimismo de Schopenhauer, sin su consideración del arte como única vía de escape al mundo de fenómenos; qué habría sido del ánimo del bosque o de la furia de la tierra sin los versos de Machado?

La enumeración es, claro, una tarea de ejemplificación cuyo resultado habría carecido de fin. Como quien tergiversa algún término de los que hablábamos al principio, no debiera creerse que lo que pueda posicionarse ante nuestros ojos sea aquello que, en definitiva, nos haya formado; tampoco debiera creerse su contrario: el pensamiento como manifestación irracional, artística, perdurará mientras haya quien lo encarne. Para unos no tendrá que ver la extinción con lo humano, sino con una posible indeterminación de la esencia y autosuficiencia cultural. ¡Quién sabe qué será para otros, porque algunos no hacemos otra cosa que observar en el horizonte un permanente y amenazante fin que nos rodea!

Por tan diversos caminos me lleva la palabrería –que es quien me dirige, y no un determinado “tema” o “encuadre”– que, al fin, una idea revelada sobresale para cubrir lo trascendente del artículo: la farsa (lo irracional) y su diversidad (la manifestación artística) son vitales para una buena salud cultural, ideológica, social, simbólica. El resto debiera ser aceptación y trabajo.

Volviendo a John Ruskin debo decir que, en gran medida, no le falta razón: en la Biblia ningún hooligan habla de edificios de metal. ¿De verdad debe existir tanta distancia entre unos hechos y otros? ¿No es similar su índole, su condición, su creación? Me imagino la sociedad ideal como aquella en que todo hecho “demostrable” pueda ser rebatido, y lo rebatido aceptado por unos y mejorado por otros, que seguirán, a su vez, la progresión hasta hacerla indeterminada. También visiono a Ruskin desembocándonos su opinión: “Ahí, y no en los mecanicismos, está la libertad: en la diversidad del pensamiento, en la diversidad de la farsa”, imagino que diría.

Lo de mi fijación con unos y otros términos para manifestar mi resquemor contra la terminología que se deba o no emplear no es más un pretexto casi vano. La mayoría son, ya sé, paradigmas irresolutos de la lengua. Quizá inquirir en ello nuestra retórica implique aceptar y patrocinar dichos términos, transformándolos en un modo de redención y trasvase del pensamiento ajeno al propio, hasta dar cabida a la indiferencia. ¿Podría llegar el momento en que nos dé lo mismo lo uno que lo otro? Yo creo que no: de ahí la importancia de la siempre latente “ficción”. O quizá haya que restarle importancia y seguir hablando, qué sé yo, de la rémora cultural de siempre. ¡Ay!

Así que no nos molestemos en desdeñar lo irracional de quien nos pretenda transmitir una pequeña hoja o folleto de su historia, ni repliquemos, infravaloremos, olvidemos, desluzcamos o ignoremos su opinión. Su genio podría ser fruto de un símbolo para una sociedad futura en la que, quizá enarbolados en guerras, epidemias, rémoras sociales, culturales o políticas de mayor calibre, sólo nos quede el valor de la palabra. Una forma de destino en el que la farsa, claro, seguirá siendo de vital importancia. Y entonces ya no nos dará todo tan igual.

Me imagino a dicha farsa como una Minerva encarnada en la cuasi mágica condición del pensamiento, desarbolada en un nuevo modo de metafísica social (pero no tardarán: no tardarán de nuevo los mártires) y diluida entre los versos del Libro del Tao: “El tronco que casi no puedes abrazar ha nacido de una hebra finísima,/ la torre de nueve pisos se levanta a partir de un pequeño montón de tierra,/ una marcha de mil leguas empieza con el primer paso.”

Ello me hace pensar que, incluso ya habiendo conquistado las más altas virtudes y recibiendo alguna que otra alabanza, desearemos, en un ímpetu de autodefinir nuestra condición, no haber levado nunca el ancla del ingenio. Alzaremos la cabeza, no evitaremos una tenue mueca y eludiremos el ambiente de tragedia:

–No –diremos–: No tenemos razón. Nadie la tiene.

Quizá así comprendamos que lo irracional nos hace más humanos.

The following two tabs change content below.

Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada (Pontevedra, 1995) es autor, en narrativa, de la novela lírica ‘Triste escarlata’ y de la colección de cuentos ‘Desagravio de la derrota’. En verso ha escrito el poemario ‘El llano circular’, obra que reivindica la literatura de raigambre clásica. Es investigador (Nº 292507) de la Biblioteca Nacional de España y editor y director de publicación de la revista 'Ligeia'. Ha publicado una treintena de artículos y dispares creaciones literarias en prestigiosas revistas y medios periodísticos, y colaborado en radios y magazines. También ha escrito ensayos, monografías, crónicas y teatro. Desde febrero de 2017 posee su propia sección dominical ‘Cuaderno Sigma’, donde publica sus investigaciones sobre literatura, arte, sociología, filosofía o actualidad. De carrera filológica hispánica, se especializa en ciencia y teoría literaria, en la rama de Retórica y Poética, y también imparte clases de lengua y literatura españolas y literatura universal en un centro. Su obra ha sido galardonada por media decena de premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Jóvenes Promesas de las Letras 2013, el Charlotte Sabine de Novela Experimental 2014 o el Narrador Estratega de la ASCHI 2016. Es considerado uno de los principales representantes de la Generación Z y uno de los escritores más completos de la literatura post-contemporánea.

Latest posts by Marcus Daniel Cabada (see all)

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: