La dieta de los libros

La dieta de los libros

Hace unos días, me desperté de la siesta con ganas de leer algo nuevo. Llevaba meses releyendo algunos libros de mi habitación y empezaba a aburrirme, así que no sé hasta qué punto será cierta la frase de Joan Fuster: “Solo hay una manera seria de leer, que es releer”. Me hice un café y bajé al metro: el tren Marítim-Serrería llegaba justo mientras bajaba las engorrosas escaleras mecánicas. Aquella tarde paseaba por el centro de Valencia hacia El Corte Inglés de la calle Colón. Mi intención era acercarme a las enormes estanterías de la planta baja y empezar a rebuscar entre las novedades literarias. Sin embargo, no encontré ningún título que saciara mi ansia lectora. ¡Ni siquiera un buen best-seller! Decepcionada, salí por la puerta que da a la pequeña plaza de ruinas donde suelen realizarse todo tipo de manifestaciones; pero esta vez el lugar lo había ocupado una empresa de nutrición y dietas. Una larga cola esperaba tras una mesa donde una mujer tomaba notas en una especie de expedientes.

El cuadro “Interior con chica leyendo” fue pintado por el parisino Henri Matisse en 1905.

Me puse al lado de un anciano que observaba el jaleo como si se tratase de la construcción de un nuevo edificio y le pregunté qué significaba todo el tinglado que habían montado. “No sé qué de adelgazar y de una dieta gratis”, dijo. “Yo no estoy en la cola, porque como el guisado de mi Pepita… ¡No hay nada!”, me seguía diciendo mientras yo hacía el gesto de adiós con la mano. Intenté salir del gran círculo de personas que se había formado alrededor de mí y bajé de nuevo al metro. Me senté y empecé a reflexionar durante los minutos que faltaban para que llegase el tren Aeroport. Todo aquel guirigay me recordó al revuelo de colores y texturas de un cuadro que vi hace poco en uno de los libros de Historia del Arte de mi madre. Estaba detrás de la foto de graduación de mi hermana, junto a su colección de obras de Agatha Christie. Me encanta que, en cierto modo, intente “esconderlos” como si fuesen tesoros detrás de un puñado de marcos de fotos familiares. Abrí una página al azar, la 234, y allí estaba, una joven leyendo creada por Henri Matisse. La mezcla de colores llamativos me fascinó y la borrosidad de las líneas proporcionaba movimiento a la imagen. Me quedé embobada un par de minutos sin apartar la vista. Era como si estuviese viendo el cuadro directamente desde la mente de Henri, al tiempo que él lo iba creando en su cabeza, y no en una hoja de un libro.

Por un momento llegué a pensar que quizás a esas personas, más que un folleto sobre dietas o una receta médica de alguna caja de pastillas adelgazantes, lo que realmente les hacía falta era leer. Leer, leer y leer. En París, allá por 1905 la gente leía mucho, devoraba libros, pensaba, reflexionaba, criticaba, escribía sus propias notas en los márgenes de los libros y hacía cosas increíbles por conseguir un libro que contuviese ideas prohibidas y avanzadas para su tiempo y circunstancia. Pero, no es simplemente que esa gente carezca de vitamina C, de fósforo, o de, vete tú a saber, carbonato cálcico; sino que escasea de un hábito de lectura. Y ojalá supieran que, como alguna vez alguien dijo, “leer llena, pero no engorda”.

 

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