La misa de las once en punto

La misa de las once en punto

A la pequeña y risueña Marta le habían mordido hace una hora. Por su sistema circulatorio ya no corría sangre, las venas se asemejaban más a tuberías oxidadas, llenas de sedimentos residuales pertenecientes a una vida que nunca volvería a vivir. Marta, la inocente niña de ocho años, se encontraba sacándole el ojo al cartero usando su boca con gran tenacidad, tirando según él gritaba. Se escuchó el chasquido final, ya lo tenía, ahí estaba su recompensa. Un par de hombres infectados apartaron a Marta de un empujón y procedieron a abrir en canal al cartero usando sus propias manos, con sus afiladas garras destriparon a aquel hombre con una facilidad pasmosa. Lo vaciaron como quien saca el agua de un coco, sorbiendo y calmando su sed con todos aquellos litros de sangre. El uniforme ya no era amarillo, sino de un vivo color escarlata.

Marta se hubiese enfadado por el empujón, estaba a punto de abalanzarse sobre aquellos dos bichos para reclamar, primigeniamente, aquello que le pertenecía, su presa. Porque eso era en lo que se había convertido ahora la ciudad de Madrid en un enorme bosque urbano donde cazadores y cazados competían a vida o muerte. Pero no hubo pelea, algo había captado su atención. Una enorme construcción, coronada por una cruz: un campanario, de resplandeciente color plateado. Varios infectados anduvían hacia allí, Marta se sumó. Algo reclamaba su presencia, una llamada clara, la de las once campanas de la horas once en punto.

Dentro de la iglesia, tras los enormes portones los feligreses trataban de amontar todo aquello que encontraban. El pastor había huido el primero de todo, en cuanto los vió entrar por la puerta, no tardando mucho en ser devorado. Ese fue el precio de abandonar al rebaño. Aquel día habían planificado la visita planificada de las Carmelitas de la congregación de San Lorenzo, pero no la de los muertos vivientes. Unos cuantos hombres y mujeres empujaban para que esos engendros no entraran, otros mientras arrastraban bancos para improvisar una barricada.

En un rincón se encontraba Sor Isabel, amarrada al crucifijo que colglOaba de su cuello. Llovía en su rostro de forma ininterumpida, las piernas le temblaban mientras rezaba para si misma.

-¿Porque, señor? ¿Por qué? He dedicado toda mi vida a esto, toda. ¿Es esta tu misión? ¿Es esta la plaga final que anuncias en las santas escrituras?

Cada vez aporreaban desde fuera con más fuerza, desplazando la barricada que bailoteaba de un lugar a otro, como el péndulo de un reloj. El portón temblaba y cundía el terror dentro de la iglesia. A Sor Isabel se le pasó un pensamiento muy egoísta por la mente. Deseaba que la puerta cediera, entonces esas horribles bestias demoniacas irrumpirían y devorarían sin compasión a aquellos que estaban en primera línea otorgándole a ella el tiempo suficiente para escapar y ponerse a salvo. Fue un pensamiento que solo duró un segundo, quizá menos. Algo tan intenso que aplastó la moral de la anciana en cuando la tuvo en consideración. Volvió a la realidad.

-¡Oh, perdóname señor!  – Exclamó en voz alta, con las manos entrelazadas sin soltar su crucifijo. Perdóname por desearles la muerte, solo deseo vivir más para seguir honrándote. Pero si este es el final que has elegido para mi final, yo no soy quien para cuestionar tu plan.

El portón estalló, ellos entraron. Isabel soltó el crucifijo, paró de llorar y pronunció en voz alta:

-El señor es mi pastor, nada me falta.

The following two tabs change content below.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: