Lorca y Dalí: parábola de la mar simétrica

Lorca y Dalí: parábola de la mar simétrica

Pocas amistades tan tremebundas ha habido en la historia como la de Dalí y Lorca. Ambos se influyeron de un modo mutuo, hasta plagar sus respectivas obras de elementos distintivos del otro. Una de las cartas que se escribieron cayó en mis manos hace varios años.

Si alguien tiene que separarse de su amigo –reza cierto verso de Las mil y una noches en afán de sentencia arbitraria– perplejo se queda, apesadumbrado y dolido. Es inevitable pensar, a mi parecer, en algo así como que la amistad quizá consista en eludir montes de carbón entre montículos de arena. La reflexión seguramente no implique nada más allá de su oscurantismo, pero hace que me detenga en un hecho que, desde luego, merece ser glosado: los diferentes modos, relaciones y naderías de la amistad.

Hay amistades, casi místicas e irónicas, que se amparan bajo las lindes del desequilibrio; hay amistades cuyo ritmo nos es ajeno, misterioso y, a veces, hasta infundado: como un hecho malversado a conveniencia de uno de los dos individuos que la componen. Las hay que oscilan entre la ignorancia de una erudición casi adictiva y que acaban por ser inevitables; también hay amistades de infancia que se empeñan en ser circunstanciales, y viceversa. Asimismo aquellas cuyo desconocimiento provoca una extraña insurrección y terminan por ser algo así como paralelas; hay “amistades” entrecomilladas –su carácter no nos es eludible–, erigidas por obligación e incluso por deber, y otras por su contrario: la desidia o indiferencia. Y, por supuesto, hay las que se dilatan hasta el insidioso odio, y que acaban, sin pausa ni remedio, en el recato del más meritorio olvido. Breve es, desde luego, toda afirmación aislada de la índole de las amistades.

No obstante, hay algunas, determinantes e inmortales en su impacto social e introspectivo, que trascienden más allá de su caracterización: hablo, por ejemplo, de la amistad que se profesaron Salvador Dalí (1904-1989) y Federico García Lorca (1898-1936). Motivada entre la intelectualidad de la Residencia de Estudiantes, prolongada por los años entre recelos, imposibilidades e insinuaciones, quedaría reflejada no sólo a modo de hecho curioso, sino también como elemento indisoluble en sendas obras. Por exponer una brevísima y clara muestra de ello, el poeta le dedicaría al de Figueres la magnífica Oda a Salvador Dalí, publicada en la Revista de Occidente en 1926:

[…]

Pides la luz antigua que se queda en la frente,

sin bajar a la boca ni al corazón del hombre.

Luz que temen las vides entrañables de Baco

y la fuerza sin orden que lleva el agua curva.

[…]

No sería hasta después de la muerte del granadino cuando su rostro se le evocaría con más frecuencia al pintor en el urdimiento de algunos cuadros, como en La academia neocubista y el desaparecido La miel es más dulce que la sangre. Su relación trasciende más íntimamente si nos acercamos a la coyuntura que forman las cartas que se remitieron, con algún parón, entre 1925 y 1936.

Es una de estas cartas, no obstante, la que desnuda mi devoción y despierta toda mi actividad consciente: firmada en septiembre de 1926, Dalí, en una romántica, sublime y expresiva prosa, le comenta al poeta sobre un cuadro que está pintando. El hecho no tendría mayor afectación si no fuera por la siguiente afirmación del pintor: He pintado toda la tarde, 7 olas duras y frías como son las del mar… mañana pintaré 7 más; estoy tranquilo porque las he pintado bien, además cada vez el mar se parece más al que yo pinto.

La carta llegó a mis manos cuando yo tenía sobre 16 años y escribí algún ensayo –ahora que lo releo, intrascendente y rígido– sobre la extraña y atractiva cita de Dalí: “Cada vez el mar se parece más al que yo pinto”.  ¿No debería ser ello punto de partida de toda empresa imaginativa?

La afirmación del genio posee una magistralía casi divina: dejando aparte el egocentrismo social de la modernidad –recordemos: hoy transitamos sobre la llamada sociedad del “yo”– y alguna que otra consideración personal individual del pintor, más importante se nos realza esa preocupación de que la realidad, para ser ente de un don aprovechable, debiera ser lo más parecido a la ficción –¿qué es un cuadro sino una ficción visual?–, cosa que quizá emule lo más trascendente a cualquier nivel de la existencia.

El hecho es, para un niño que sueña con la escritura, un descubrimiento a niveles místicos: así se formula y así se dirige lo que, años después, todavía ha de persistir de la memoria joven: nada es de más relevancia que el pensamiento de que el origen no se ha trasladado de uno mismo, ni hará por moverse: al igual que las olas se parecen al cuadro de Dalí, el escritor se permite parecerse a aquel niño cada vez que escribe. La sensación rezuma cierta amistad conocida y ajena, relevada –u obsequiada– como un oxímoron de la consciencia.

Lorca, a quien ignoré en la adolescencia, ahora sí me escribe con el perfume de su pulmón: me dirige versos como balas de almendra verde, como brisas que vienen dormidas por las ramas. Es ahora, casi 7 años después –hecho curioso: como las 7 olas de Dalí–, cuando su meritoria capacidad de observación de las cosas se me presenta como algo cercano: ese empleo del lenguaje, a medio camino entre lo culto y lo popular, esa unión de contrarios –la angustia que se mitifica bajo la pluma del surrealismo recalca y ahonda en esa expresividad. Quizá lo que más haya de impresionarme sea la símbología, que se disgrega bajo imágenes conceptistas no sólo evocando el efecto sensorial, sino amparando también la diversidad de los marginados. ¿Qué más puede ofrecer un poeta?

Dalí, sin embargo, siempre me frecuentó. Recuerdo que uno de mis primeros actos públicos fluyó con una imagen de La persistencia de la memoria tras de mí. La representación de sus mundos oníricos o “de sueños” es uno de los premios más vastos y difíciles de todas las artes. Poseedor de una enigmática y estrambótica imaginación que, statu quo, aspira a liberarnos hacia el universo de lo fantástico, Dalí argució, a mi parecer, una análoga obra y no tan diferente –en concepto y esencia– a la de Lorca.

Cuando tanta genialidad es unida e intercambiada, la amistad adquiere una mayor significación: la capacidad de ser ejemplo y modelo para la cambiante realidad, que buscará parecerse a aquello cuya fenomenología admira: ahí debiera estar su mayor poder.

Cambiando de monólogo, esta semana cierto autobús irrisorio –¿trascendente el autobús o la estupidez de quien lo emplea para sus fines?– deambuló por algunas zonas de la Comunidad de Madrid. Después de ser prohibido el mensaje por la fiscalía y que éste fuera regurgitado interrogatoriamente en otras frases todavía más estúpidas y en modo caravana, escuché, no sé dónde, a una de las promotoras de la petición con tintes neolíticos que salió de HazteOir.org, decir que ellos están “para defender los derechos de la familia”.

Y yo me pregunto en qué clase de familia estarán pensando: ¿aquella que discrimina?; ¿aquella que emplea el contravalor para hacer demagogia con los términos y valores de una sociedad maléficamente influenciable?; ¿aquella cuya ideología versa más allá de toda opción que pueda uno escoger?; ¿aquella que no respeta, que insulta, que hiere e intenta adoctrinar?; ¿aquella que enseña que el odio es lo correcto e incluso la única solución? Yo no sé de qué clase de familia hablarán, pero mi quizá refundida marginalidad –todo sea dicho– me impediría pertenecer a una familia de ese tipo y condición. Ello me hace pensar en qué lugar pueda estar hoy la moral. ¿Habrá muerto con Kant?

Qué poco quieren unos saber y qué tanto sabían otros: no debemos ser versos arquetípicos ni bocetos encerrados y adoctrinados por la opción singular. ¡Abrámonos al mundo, escribamos, como Lorca y Dalí, la historia visual que algún día legaremos! Y, sobre todo, persistamos en hacer amistades que nos hagan reflexionar sobre el tipo de condiciones que nos forman y no sobre lo que los demás piensen de nosotros.

Ahí está el premio: en desembarcar en una mar simétrica que, como las olas de Dalí, se moldee a nuestra figura, hasta formalizar un modo de pensamiento compartido. En la reflexión debiera estar la virtud de la creación: el resto es progresión y lealtad. “Su aparecer es ya existir”, diría Rilke; lástima que algunos lo empleen para otros fines. Pero nunca es tarde para azorar al cambio, ni para encontrar, en la más cruda y epiléptica realidad, la amistad que todo antropomorfo desea, y que en algunos casos hasta merece. Incluso habrá quien la considere como la única familia latente: eso es el derecho, y no la discriminación de cualquier índole.

Por favor: pensemos antes de hablar, actuar o proponer. Existir no debe ser un tipo de escritura automática. Ello implica que los actos merezcan tener cierta responsabilidad: a veces cederemos, otras nos impondremos con regularidad. Pero lo importante es, como siempre, la ética que ya tanto se esconde y que, algún día, volverá a ser asunto que nos concierna: aquí el cielo también desemboca por los puentes y tejados, manadas de bisontes empujados por el viento…–nos dirá. Y no será tan difícil de comprender.

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada (Pontevedra, 1995) es autor, en narrativa, de la novela lírica ‘Triste escarlata’ y de la colección de cuentos ‘Desagravio de la derrota’. En verso ha escrito el poemario ‘El llano circular’, obra que reivindica la literatura de raigambre clásica. Es investigador (Nº 292507) de la Biblioteca Nacional de España y editor y director de publicación de la revista 'Ligeia'. Ha publicado una treintena de artículos y dispares creaciones literarias en prestigiosas revistas y medios periodísticos, y colaborado en radios y magazines. También ha escrito ensayos, monografías, crónicas y teatro. Desde febrero de 2017 posee su propia sección dominical ‘Cuaderno Sigma’, donde publica sus investigaciones sobre literatura, arte, sociología, filosofía o actualidad. De carrera filológica hispánica, se especializa en ciencia y teoría literaria, en la rama de Retórica y Poética, y también imparte clases de lengua y literatura españolas y literatura universal en un centro. Su obra ha sido galardonada por media decena de premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Jóvenes Promesas de las Letras 2013, el Charlotte Sabine de Novela Experimental 2014 o el Narrador Estratega de la ASCHI 2016. Es considerado uno de los principales representantes de la Generación Z y uno de los escritores más completos de la literatura post-contemporánea.

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