En un lugar de Don Quijote

En un lugar de Don Quijote

Fuera de tramas y estructuras narrativas, hay obras que, como El Quijote, manifiestan una libertad de interpretación arduamente abarcable. Ese límite, además de insospechado, será influyente en el lector y determinante para una posteridad de relecturas.

Leer a Borges supone, para quien aspira a soñar con el entresijo y fruto de la literatura, la evidencia de un regalo que difícilmente puede ser superable. En uno de los lugares más relevantes de mi extraña rueda de curiosidades literarias toma peso el hecho de haber leído un par de cuentos suyos, con quince años: El disco y Los dos reyes y los dos laberintos.

Ese amable modo de redención ―el descubrimiento de la literatura― me salvó, si cabe, de la más absoluta orfandad de no saber qué empleo le habría de dar al cómo y al qué de la medida de mi tiempo, por lo que acabé ya no sólo orientando mis avatares hacia la posibilidad de una escritura, sino culminando la lectura ―lo cual sea, seguramente, más importante― como todo un Génesis y origen participativo del hombre, de su casi siempre paradójico descifre y, por supuesto, de mis quehaceres.

No obstante, ahora que releo El Quijote, se me hace inevitable pensar en todas aquellos pensamientos apócrifos e interpretaciones que, a través de mis años desde la lectura del primer Borges ―el primero que yo conocí―, he ido dándole a una y otra obra, y también en cómo ha cambiado mi concepción acerca de éstas: la evolución es, cuanto menos, curiosa.

Observando algunas anotaciones que desarbolé sobre las páginas de la obra maestra de Cervantes, a modo de sentencias jeroglíficas y arbitrarias y no sabiendo su propósito exacto, creo que comprendo un poco más a lo que nuestro autor emblema hacía referencia con el “aprendizaje del desocupado lector”: ello debe ser, como mínimo, la libre interpretación de las variables ―indeterminadas en un primer proceso― de las que se nutre la asimilación de una relectura.

Al igual que Borges, siento cierta amistad por Don Quijote y, como pensamiento que hace posible su imagen y proyección, por Cervantes: pocas figuraciones tan vastas han podido asentar una obra en la imaginación de un personaje tan largo tiempo. Sólo hace falta pensar en narradores de la talla de Stevenson o Poe para acercarnos a una idea sobre el carácter de herencia eterna que adquieren obras de tal magnitud. Habremos de suponer, pues, que de eso trata la ficción: de ahondar en un hecho que se nos presenta como coherente y admisible pero que, preconfigurado a través de la apariencia, opta por la locura como principal fuerza sustentadora. En eso nuestro hidalgo es un experto: optará por la locura como imposición, que será suministrada al lector casi de incógnito ―uno acepta a Alonso Quijano como es: no juzga su elección de convertirse en Don Quijote.

Nuestro amigo nos dirigirá, en su empresa, por la razón de la sinrazón de un héroe a la inversa: ya no sólo aspirará a ser un arquetipo soportado por un pensamiento arrollador y aturdido, sino que será el propio personaje quien quiera existir más allá de sí mismo, pareciéndose a otros personajes y adquiriendo un poco de cada uno ―Amadís, Alejandro Magno, el Cid, etc.― para, a través de la farsa, afrontar el camino de la verdad, “cuya madre es la historia”.

Vemos aquí el amplio conocimiento que poseía Cervantes de las diferentes manifestaciones literarias del pasado y presente: la ya a comienzos del XVII decadente novela de caballerías y su antecesora más clara: la épica culta y, anterior a ésta, la popular. ¿Qué tendrá que sugerirnos que un personaje engulla a otros personajes y que no aporte, en teoría, nada nuevo, aparte de su locura y la desmedida “capacidad” de creer que transita por un libro de caballerías asentado en la realidad de un tiempo maligno, devorador y consumidor de las cosas? ¿Nos estará llevando Cervantes a la idea de que su obra se sustenta no tanto en parodiar la caballería y bastante ―o mucho― en honrarla y que, ante la inminente extinción del género, se le impone la idea de culminarlo exageradamente y conjuntando lo más valioso de lo que había sido compuesta la materia literaria precedente?

Aceptando tal exégesis ―así le llamamos a la “interpretación” los que nos dedicamos a desenmarañar los entresijos de la literatura― se podría explicar fácilmente que Don Quijote considerase la caballería como el amor: “todas las cosas iguala”. Sin embargo, en la aventura de los mercaderes nuestro héroe hace providencial, refiriéndose a Dulcinea del Toboso, la importancia de creer en su hermosura más allá de verla o no verla. La referencia es, desde luego, objetiva, visual. Pero la connotación sobre ello se me revela como un hecho de magnitudes bíblicas. ¿No debemos recordar con ello el celebérrimo “dichosos los que no vieron y, sin embargo, creyeron”?

No obstante, hallamos más adelante un juicio que bien pudiera ser una contradicción de lo anterior: no toda hermosura puede enamorar, sino que uno, en su casi mágica detección, puede ser guiado por el siempre latente deseo, que es infinito porque infinitos son los sujetos que lo manifiestan. ¿No es casual que, entre la vasta y puntillosa estructura, aparezcan elementos distantes que simulan ser continuaciones de un solo pensamiento, como un código, un símbolo, una clave, una mitología?

En pos de aumentar el paradigma, un principio de oposición hace constar que un “caballero sin amor es como una hoja sin fruto”, para culminar diciendo, en otro lugar, que para “vivir libre” decide escoger la soledad. ¿Podría equipararse tal amor a una representación de un género de caballerías que, corrompido y en extinción por la multiplicidad de hermosuras ―esto es: de apariencia bella, como la ficción―, busque la hora de su última manifestación? Si pudiera ser así tendría sentido, desde luego, la muerte de Don Quijote, que hizo posible y terrena la empresa de su imaginación, y por ello la forma de destino elegiría que el autor y el género, indivisibles, debiesen morir como nacieron: conjuntamente.

No menos absurdas son estas teorías que cualquier otras, pero ese debe ser el principio que rija toda literatura: la multiplicidad de la teoría, de la interpretación; en ella se sustentará el placer de la relectura y algunas que otras anticoncupiscencias que se aproximan a lo místico.

Acudiendo al más metafísico Borges de El jardín de senderos que se bifurcan (1941) ―acaso una de mis obras preferidas― obtenemos del cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius la máxima idealista de que quizá mientras dormimos permanezcamos despiertos en otro lugar. Así, cada hombre sería, como mínimo, dos. ¿No fue Cervantes quien, como en El Aleph (1949), vio a Don Quijote desde todos los puntos, quien vio a Don Quijote en la tierra, y en la tierra otra vez a Don Quijote y en Don Quijote la tierra?

Tales cosas trae la literatura. Ahora, que llevo ya siete años trabajando con la obra de Borges, no concibo otro tipo de redención mayor: leer es, a menudo, una lección. No habrían existido estas líneas si aquel día de la adolescencia no hubieran caído en mis manos sus cuentos. Sé que cuando dejen de fascinarme dejaré de escribir. Mientras tanto, la repartición de la semilla es siempre ecuánime, aunque los procesos de corte son a veces tortuosos y no de menos alegoría que la asimilación de la ficción como modo único de vida.

De la misma manera soñó Alonso Quijano con convertirse en un inmortal e ingenioso hidalgo que, aventajando sus hazañas a todos los Doce Pares de Francia y aun a todos los nueve de la Fama, diría un día: “Yo sé quién soy”. Ahora sabemos que sus proposiciones  ―y, en consecuencia, las de Cervantes― no eran vanas y sí bastante verosímiles. Todos hemos sido, alguna vez, Don Quijote de la Mancha.

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Marcus Daniel Cabada

Marcus Daniel Cabada (Pontevedra, 1995) es autor, en narrativa, de la novela lírica ‘Triste escarlata’ y de la colección de cuentos ‘Desagravio de la derrota’. En verso ha escrito el poemario ‘El llano circular’, obra que reivindica la literatura de raigambre clásica. Es investigador (Nº 292507) de la Biblioteca Nacional de España y editor y director de publicación de la revista 'Ligeia'. Ha publicado una treintena de artículos y dispares creaciones literarias en prestigiosas revistas y medios periodísticos, y colaborado en radios y magazines. También ha escrito ensayos, monografías, crónicas y teatro. Desde febrero de 2017 posee su propia sección dominical ‘Cuaderno Sigma’, donde publica sus investigaciones sobre literatura, arte, sociología, filosofía o actualidad. De carrera filológica hispánica, se especializa en ciencia y teoría literaria, en la rama de Retórica y Poética, y también imparte clases de lengua y literatura españolas y literatura universal en un centro. Su obra ha sido galardonada por media decena de premios nacionales e internacionales, entre los que destacan el Jóvenes Promesas de las Letras 2013, el Charlotte Sabine de Novela Experimental 2014 o el Narrador Estratega de la ASCHI 2016. Es considerado uno de los principales representantes de la Generación Z y uno de los escritores más completos de la literatura post-contemporánea.

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