En medio de la nada también hay vida

En medio de la nada también hay vida

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Cuando quiero escapar de todo, cuando únicamente me importo yo misma y soy egoísta vengo aquí, a la cima de mis sueños. Es un lugar tranquilo, donde sopla el aire fresco de las montañas y se escucha el cantar de los pájaros, donde el riachuelo corre libre y las personas nos mostramos como somos.

Descubrí este sitio a la edad de siete años y desde entonces nunca he dejado de visitarlo cuando me pierdo en el camino. Mi madre me traía aquí para contemplar la naturaleza, era nuestro gran rincón favorito. Aquí me contaba historias de hadas y caballeros, de su vida antes de compartirla conmigo y sobre todo de mi padre. Al cumplir mis 18 años enfermó, no lograba entender por qué la vida me arrebató a mi padre y ahora quería llevarse a mi madre. Cuando ella murió prometí nunca más volver a derramar ninguna lágrima. Y así lo hice, hasta hoy.

He depositado en este lugar mis secretos más íntimos y mis deseos más fugaces, le he contado a la nada el todo y el todo se ha quedado sin nada. Es como una terapia, cuentas tus secretos pero jamás serán revelados porque el viento los esconde entres las hojas de los árboles y los matorrales silvestres que crecen por doquier.

Pero mi inocente escondite fue asaltado por la mano imperfecta y salvaje del hombre. Una mano llena de pecado y capaz de hacer que lo más grande se convierta en cenizas en tan solo un momento. La noche del 24 al 25 de junio en España ardieron algo más que las vivencias negativas de todo el año pasado. Ardió una sierra inmensa, un bosque de bellota y corcho, de hogar y trabajo, de familia y sosiego, y de recuerdos. Cuando pisé por primera vez esas tierra color carbón, llena de restos y llamas aún descontroladas reflejo de la noche, sentí el corazón hacerse añicos. Un dolor comparable a la perdida del amor, a la ruptura de tu pareja, de un amigo o de cualquier otra persona. Sé que las comparaciones son odiosas pero esa situación también lo fue.

Es injusto que alguien quiera arrebatar este paraje de la realidad, que alguien que se sienta ciudadano de este mundo quiera acabar con lo único bondadoso que hay en él. Cada verano los telediarios, los periódicos y las conversaciones tienen como protagonista el fuego. Una incontrolable herramienta que tiene el hombre y con la que es capaz de calentar y de arrasar. El peligro de la sociedad no es el fuego si no nosotros mismos.

Mientras sonaba el chasquido de las ramas secas que iba pisando me di cuenta de que mis deseos se habían quemado junto con ellas, que si no había restos de vida en aquel lugar mis sueños tampoco estarían en él. Pero es curioso como siempre hay algo que resiste y que intenta aflorar incluso cuando todo está más negro. Me agaché con cuidado y allí estaba una pequeña planta que había sobrevivido a la noche infernal. Tenía aspecto de triste pero parecía resistente. Un bombero lleva en brazos a una pequeña cierva presa de quemaduras. Ese acto consiguió calmar el odio que sentía en ese momentos hacia nosotros. Siempre hay una personas que te hace volver, que te hace seguir teniendo fe en el ser humano.

A primera hora de la noche ya estaba todo controlado, solo quedaban algunos vestigios que serían apagados con mínimo esfuerzo. Me sentí aliviada, aún quedaba naturaleza en la que respirar. No sé cuánto tiempo tendrá que pasar para que lo que se quemó vuelva a ser como era, lo más seguro es que nunca más lo vuelva a ver así. Únicamente conservo las instantáneas que mis ojos azules hacían cada vez que acudía a pasear a sus rincones y las historias que mi madre me contaba. Temí que los momentos que allí pasé con ella se borraran al igual que el aroma del brezo pero no fue así. Al cerrar los ojos puedo contemplarnos a las dos sentadas junto al riachuelo, comiendo madroños y sonriendo.

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Eugenia Bravo

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