Ni un solo convencionalismo [Primera parte]

Ni un solo convencionalismo [Primera parte]

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No había ni una sola estrella en el cielo. Hacía mucho tiempo que las estrellas no acompañaban a la luna por la noche. Se trataba de una noche de invierno, bastante fría. La nieve pronto cubriría las calles de grava y haría imposible transitarlas con los carruajes. A Matilde eso no le importaba, ya que era demasiado pobre como para tener un carro de caballos. Si ella fuese la condesa a la que servía por supuesto que tendría una calesa con lozanos caballos blancos, pero ella era una simple doncella. Matilde había quedado a las doce en punto con su amante, Don Armando. Él era el hijo de la condesa. Su Ilustrísima se había opuesto a que ambos contrajesen matrimonio y por lo tanto ellos decidieron que se escaparían.

Matilde había nacido en Toledo hacía casi veintitrés años. Su padre y su madre tenían una modesta alfarería en el casco histórico de la ciudad. Tras los conflictos de la guerra civil entre liberales y moderados, o isabelinos y carlistas se habían visto obligados a cerrarla. Matilde se había criado en la más extrema pobreza, hasta que gracias a una tía pudo colocarse como sirvienta en casa de la condesa de la Cimera. Desde siempre ella había sentido atracción por Don Armando, hasta que un día por casualidades fortuitas ella lo salvó de caer de un caballo. A partir de ese momento ellos empezaron a verse en secreto. Se veían en las cuadras, en las cocinas o incluso por las noches a las orillas del río Tajo. Ella muchas veces se había planteado como un futuro conde podía fijarse en una simple criada sin fortuna ni posición. A la condesa le hubiese gustado que su hijo contrajese matrimonio con la hija del marqués de Hontanilla, ya que era hija única y tomaría el marquesado a la muerte de sus padres. Don Armando siempre le regalaba rosas, ya que para él simbolizaban la flor del amor eterno. Él era un romántico, incitado por las obras de José de Espronceda y soñaba con poder escapar con Matilde a Galicia. Allí el mar era fresco y para Don Armando significaba la libertad absoluta. La condesa se opuso rotundamente al enlace y Don Armando le dijo a Matilde que no se preocupase, que huirían juntos.

Y así, Matilde cumplió la promesa que le hizo. Aquella noche de inverno, salió de su casa para reunirse con él en el Puente de San Martín. Se atavió con su mejor vestido y una larga capa marrón que la cubriría de las atentas miradas de los toledanos. Su pelo cobrizo había sido recogido maestramente en un moño fruncido. Estaba lista para salir. Tomó su pequeño equipaje, una minúscula bolsa de cuero con lo justo y necesario. Dos mudas, un par de faldas y una blusa ancha. Cerró la puerta con cuidado de que su tía no se despertase y salió a la calle. La pobre Clara no conocía las intenciones de su sobrina y ahora dormía plácidamente al pie de la chimenea. Según Matilde pisó el primer guijarro de la calzada, sonrío. Estaba a punto de conseguir su sueño, poder querer a Don Armando y convertirse en su esposa. Para llegar hasta el puente debía atravesar media ciudad, cruzar las callejuelas entre la catedral, la iglesia de Santo Tomé y el monasterio. Sentía miedo de que alguien pudiese descubrirla y tomó muchas precauciones. Se puso la capucha sobre la cabeza y descendió calle abajo hasta la catedral. En sus escaleras los mendigos se amontonaban y roncaban ruidosamente, los gatos maullaban ferozmente y algún que otro perro se dejaba ver por la calles, ya que el reflejo verde de sus ojos era visible desde cualquier esquina. Matilde nunca caminaba por el centro de la calle. Se pegaba a las paredes como los ciegos cuando avanzaban a pleno día. Se sentía una fugitiva, pero el deseo de reencontrarse con Don Armando era mucho más fuerte que su miedo. Él había dicho que ni un solo convencionalismo podría separarlos jamás, y ella lo había creído.

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Rodrigo Abad

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