Ni un solo convencionalismo [Segunda parte]

Ni un solo convencionalismo [Segunda parte]

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Pronto llegaría a la iglesia de Santo Tomé, donde la luna iluminaba con más fuerza el ambiente. El ruido que sus zapatos hacían al repiquetear contra el suelo empedrado la ponía nerviosa. Parecía que alguien la seguía por el eco que producían. O quizás la estuviesen siguiendo de verdad, debía apresurarse. Se remangó la falda a la altura del refajo y aceleró el paso. La nieve estaba empezando a caer con pequeños copos. La respiración de Matilde era entrecortada, por el esfuerzo que hacía por llegar cuanto antes. Las campanadas de la catedral se escuchaban cada vez más lejanas, pero habían dado justo las doce. ¿Y si no llegaba a tiempo? Don Armando pensaría que lo había abandonado. No podía dejar que pensase eso. Siguió caminando con ligereza hasta pasar el monasterio de San Juan de los Reyes. Solo le quedaba bajar una calle y avistaría el puente. Corría tan rápido como podía, pero desgraciadamente, la nieve había empezado a cuajar y tropezó rodando calle abajo. Se levantó tan rápido como pudo y siguió avanzando hasta avistar el puente.

El puente de San Martín se alzaba sobre el Tajo con un pequeño halo de niebla. Matilde no podía ver nada. Esperó al menos un cuarto de hora en el puente pero nadie aparecía. De repente una silueta se desdibujó entre la niebla y avanzó hacia Matilde con lentitud. Ella estaba convencida de que se trataba de Don Armando, pero en cuanto éste estuvo cerca de ella, sacó de detrás de su espalda un mosquete y apuntando a Matilde, la disparó a sangre fría. La sangre escarlata brotaba del vientre de Matilde mientras ella lo presionaba intentando detener la hemorragia, pero el encapuchado no tuvo piedad y acercándose a ella la empujó dejando que cayese al río con un golpe seco. Una vez comprobado que las aguas la arrastraron cauce abajo, desapareció entre la niebla del puente.

Una campana más sonó en la catedral. Acababan de anunciarse las doce y media de la madrugada. Nadie sabe cómo ni por qué, pero hacía media hora que había empezado el año 1854. La nieve continúo cayendo hasta cubrir los tejados y la calzada. El río Tajo empezaba a congelarse y Matilde había desaparecido entre sus aguas.

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Rodrigo Abad

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