Su único hijo [Primera Parte]

Su único hijo [Primera Parte]

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Había salido a pasear por los caminos más recónditos, ocultándose en la espesura del bosque, mientras el rocío de la madrugada y la niebla, bañaban su cara enrojecida. Aquel rostro ya no era terso y joven como antes. A Gaia le hubiese gustado poder gozar de su juventud, pero en aquel momento todo estaba a punto de acabarse. No deseaba seguir con esto. Cuando su padre murió le prometió que protegería el patrimonio, pero nadie deseaba casarse con ella. Gaia no era poco agraciada, al contrario, su templanza con los años la había vuelto más relajada y de expresión amable. En aquel momento contaría aproximadamente con la edad media, aproximadamente unos treinta y cinco años. Para las personas de aquel tiempo, si a su edad todavía no se había casado ni tenido pretendientes ni hijos, no los tendría jamás. Gaia tenía una larga melena rizada y rubia heredada de su madre. Sus manos eran pequeñas y delicadas, pero su altura (muy por encima de los hombres) la hacía quedar en evidencia en los actos de los señores feudales. Por eso siempre se ocultaba en su castillo, y solo salía para dar largos paseos por la noche, escapándose del ama de llaves que siempre la repetía que el bosque no era lugar para una muchachita. Ella siempre se decía que “el tiempo lo curaría todo”, pero aquel momento de curación no llegaba, y ella empezaba a impacientarse.

Aquel día el cielo estaba blanquecino, pronto llegaría el invierno y con él el hielo y la nieve. Hacía bastante frío, tanto que aún para una mujer de sus condiciones físicas, Gaia seguía tiritando. De pronto comenzó a oír un murmullo, y sospechó que podía ser un animalillo disperso entre la flora, pero no, parecía más bien un llanto o un gemido. Mientras avanzaba hasta el riachuelo que contemplaba a diario, las ramas se enredaban en su vestido, producían cortes y rasguños en sus lozanas piernas, pero a ella no le importaba el dolor, necesitaba saber que era aquel ser que producía tales alaridos. Pronto comenzó a oír el sonido del agua corriendo monte abajo y supo que estaba cerca. Al llegar al río divisó algo envuelto en una tela vieja y arrugada. Se acercó con la prudencia que la caracterizaba y echó un vistazo. Se había puesto en lo peor, pero lo que allí tiritaba de frío y de piel rosada no era ni más ni menos que un bebé. Sí, un bebé sano y regordete. A juzgar por su desnudez, Gaia comprobó que era un varón. Automáticamente lo estrechó contra su pecho, proporcionándole calor y después observó el paisaje. ¿Quién habría sido tan cruel como para abandonar a un pobre niño indefenso en una víspera de invierno? Muy terco debía ser aquel, o una madre muy despistada. Por más que gritó a los cuatro vientos clamando al dueño del bebé, no obtuvo respuesta. Tal vez el dios Odín se había mostrado agradable y generoso, y había colocado allí el bebé para que Gaia lo encontrara. Ella no lo sabía, pero en cuanto el bebé se durmió, lo estrechó de nuevo contra su pecho y lo llevó hasta su castillo, atravesando de nuevo el oscuro bosque. Gaia no sentía miedo, puesto que el bebé se hallaba con ella, y ambos se protegían con confianza. Tras el duro camino, por fin llegó al castillo, donde Clionda la estaba esperando con el ceño fruncido.

—Gaia, ¿se puede saber dónde estabas? ¿Qué es ese vestido rasgado y sucio, y tu melena despeinada? ¿No habrás estado con un varón? —preguntó Clionda llevándose la mano a la boca.

—Ojalá querida Clionda, pero no ha habido esa suerte. Lo cierto es que si que traigo un hombre, bueno más bien un niño. Lo he encontrado en el río, hubiese muerto si no lo salvaba.

— ¡Santo cielo, un bebé! Debemos comunicarlo de inmediato.

—Nada de eso, haremos un trato. Si nadie lo reclama en el tiempo de tres días, me lo quedaré y lo criaré yo.

—Pero señora, no puede vos hacer eso. Sois una joven casadera, imaginad que encontráis pretendiente, no querrá casarse si os haya madre de un niño.

—Mi querida amiga, los hombres ya no querrán un trapo viejo como lo soy yo, déjate de tonterías y ayúdame, debemos buscar algo de leche. Ordena que traigan una nodriza.

—Pero señora…

—Es una orden.

Tan pronto como Gaia se encariñó del pequeño infante, nadie lo reclamó en el plazo acordado, por lo tanto fue adoptado por la señora, Gaia, la cual le puso el nombre de Brennan. Gaia y el bebé crecerían felices durante mucho tiempo, hasta que un obstáculo, se interpondría entre ambos.

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Rodrigo Abad

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