Su único hijo [Segunda Parte]

Su único hijo [Segunda Parte]

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El joven Brennan se había criado con una constitución robusta y de gran altura, aunque no tanto como su madre adoptiva, Gaia. Los años habían pasado, veinte años exactamente. Aún así, Clionda seguía al servicio de la señora Gaia. Brennan aparecía ahora como un caballero, digno de portar lanza y cortejar a doncellas. Su larga melena oscura se ondeaba al viento cuando retiraba su yelmo desde lo alto de su corcel blanco. Desde que cumplió los quince años le comunicó a Gaia que quería ser caballero, pues si ocurría algo en el territorio sería capaz de defenderla a ella y a su gente. Cuando era más joven había sido un niño pillo, pero siempre conseguía sacarle una sonrisa a su madre. A medida que fue creciendo se fue formalizando y empezó a instruirse con la armas. Gaia recibió la terrible noticia de que en uno de los entrenamientos, su querido Brennan había resultado herido, y el mundo se cayó a sus pies. Afortunadamente solo contaba con una herida en el brazo derecho, y al curarse con los años le hacía mucho más varonil. Todas las doncellas de Irlanda deseaban desposarse con él, y los padres de éstas querían conseguir la inmensa herencia que a este le quedaría a la muerte de Gaia. Pero Gaia, se mantenía serena, fuerte como un roble. La edad no la había aquejado de ninguna enfermedad o parálisis, y podía valerse aún por sí misma.

Brennan solo tenía ojos para una dama, y esa era la hija de un conde, la señorita Niamh. Ella contaba también con muchas tierras, pero sobre todo con una belleza extraordinaria. Tenía el cabello largo hasta la cintura, de un color rojizo pálido, digno de la realeza irlandesa. Su tez era pálida, sus labios carnosos y muy cálidos.

La joven aún estaba en edad de casarse, y Brennan no desperdiciaría esa oportunidad. Pero, otro nuevo aspirante al amor de la dama Niamh se encontraba al acecho, este era el príncipe Seamus, el cual por derecho, podía elegir a la doncella con la cual determinaría la descendencia de la realeza. Brennan no se daría por vencido muy fácilmente, y un día en una fiesta de primavera, organizada en el palacio real, le propuso al príncipe un duelo de lanzas y caballos para determinar quién sería el vencedor y conquistador de la doncella Niamh. Gaia y Niamh se negaron rotundamente, pero esto no sería suficiente para calmar la sed de valor que crecía por momento en el interior de Brennan y Seamus.

Aunque Brennan había resultado victorioso en más de diez combates, el príncipe Seamus se había entrenado con los mejores duelistas y jinetes. Gaia sentía un miedo en sobremanera. Su único hijo, al cual había criado con tanto cariño, se expondría a un peligro vil por conseguir el amor de una joven, que no parecía decidirse entre ninguno de sus pretendientes.

— ¡Te prohíbo que combatas con el príncipe en un duelo, y expongas tu vida de esa manera Brennan! —gritó Gaia ferozmente al entrar en su castillo, aunque Brennan no parecía hacerle ningún caso.

—No voy a ceder, madre. Si la lucha es la única forma de conseguir a la bella Niamh, me enfrentaré aunque pierda la vida en el intento —le contestó el joven orgulloso.

—No digas eso Brennan. El orgullo y la fama no te harán mejor caballero, solo conseguirás enloquecer. ¡Recapacita, por Odín! —le rogó Gaia estrechándolo contra su pecho.

— ¡Dejadme en paz madre! —vociferó Brennan apartando a su madre de un golpe, que produjo que ésta cayese al suelo lastimada.

Brennan observó a Gaia en el frío suelo de piedra, mirándolo con desaprobación y lágrimas en sus ojos, que corrían rápidamente por sus mejillas hasta morir en su barbilla.

—Ya conozco la verdad, madre. Me recogisteis de un río, para ponerme a salvo, pero no estaré a salvo si no puedo conseguir a la mujer que amo. Antes la muerte —sentenció Brennan mirando a su madre con odio—. Ojalá no me hubieses tomado, quizás algún pastor o campesino me hubiese criado mejor, y me permitiría poder acceder a la persona que consigue que mis noches las pase en vela, pensando como poder demostrarla el amor que siento hacia ella.

Gaia alargó su mano hacia su hijo, pero este sin embargo ondeó su larga capa hacia un lado con asco, y desapareció del palacio, cabalgando en dirección hacia la ciudad. Gaia se quedó en el suelo, y se durmió entre las pocas lágrimas que sus ojos le permitían derramar.

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Rodrigo Abad

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