Su único hijo [Tercera Parte]

Su único hijo [Tercera Parte]

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El día del gran combate había llegado, cargado de un sol espléndido, y a pesar de eso Gaia no pudo evitar derramar algunas lágrimas. Aquel niño al que encontró junto a un río cercano y lo acogió en su casa, se batería en duelo por orgullo y por el amor de una dama que ni siquiera le correspondía. Gaia no estaba dispuesta a perder a su hijo, y rogó al dios Odín y a los demás dioses que lo protegiesen. En el campo de batalla, el graderío estaba lleno, e incluso intervenían algunos músicos. Los reyes bastante indignados, pero a la par seguros de la victoria de su hijo el príncipe Seamus estaban sentados en tronos superiores, donde se observaba todo el campo para el combate. Gaia se sentó entre el público, tomando la mano de su querida Clionda, que derramaba lágrimas incesantemente. Ambos caballeros se habían vestido con su mejor armadura, y sus yelmos relucientes reflejaban el sol como si aquellos combatientes hubiesen sido bendecidos por alguien superior. Al momento se subieron al caballo y con ayuda de sus escuderos, tomaron la lanza. Gaia resopló al ver a la reina tomar la mano del rey y apretarla con cara de angustia. Aquella mujer también era humana y temía por la vida de su hijo. El sonido de la trompeta anunció el comienzo del combate. Ambos caballos galopaban al destino, ¿quién sería el primero en caer? De momento nadie. En aquel primer asalto nadie fue derribado, pero en el segundo, la lanza del orgulloso Brennan picó en el brazo de Seamus y provocó que este cayese al suelo humillado y con un brazo malherido. Gaia suspiró pero a la vez también se le encogió el pecho al ver el sufrimiento del pobre príncipe Seamus. Era un hombre altanero y muy variable, pero no merecía aquella humillación sobre su futuro reino. Tras este hecho el príncipe fue trasladado con un curandero para examinarle la herida y se declaró vencedor al joven Brennan. Éste reclamó la mano de la dama Niamh, pero de repente apareció el padre de la señorita Niamh, Leslat y confesó un mandamiento:

—Mi querida hija no puede comprometerse con el joven Brennan, pues ya está comprometida con otro hombre, el príncipe de Escocia, Olaf —declaró el conde Leslat con orgullo.

— ¡He sido engañado! ¡Merezco una compensación por este fraude y deshonor! —gritó Brennan enfurecido.

 El rey ordenó que Brennan se calmase. Si la joven estaba comprometida, no podría casarse con Brennan, como así lo establecían las leyes de Irlanda. Este hecho provocó el desagrado y enfado colérico de Brennan, que tomando su espada avanzó hacia el conde Leslat con intención de atacarle, pero fue reducido por los guardias allí presentes.

— ¡Este hombre ha intentado quebrantar la ley de Irlanda! ¡Pretendía atacar a un hombre desarmado! —anunció el rey—. ¡Guardias, arrestadlo!

Gaia que no pudo contenerse y viendo que los soldados avanzaban al encuentro con su hijo gritó: — ¡Corre hijo! ¡Huye, a prisa!

El joven Brennan miró a su madre con ojos brillantes y lacrimosos y se montó en su caballo huyendo hacia las afueras del castillo. Su madre lo siguió como pudo, dado a la lentitud de la anciana Clionda que no podía correr. Al mismo tiempo que el joven Brennan cabalgaba, Gaia vio pasar la vida ante sus ojos cuando una flecha de ballesta, rugió cortando el aire y se clavó en la espalda de Brennan que cayó del caballo sin aliento.

— ¡No! —gritó Gaia llena de dolor.

A duras penas atravesó el barranco por el que su hijo había huido y consiguió llegar a su encuentro, justo antes de que este pronunciase sus últimas palabras.

—Madre, perdonadme, pero mi orgullo y soberbia me cegaron, impidiendo ver la realidad de la vida y me permitió caer como un inútil en este barranco a punto de exhalar mi último aliento —dijo Brennan con voz entrecortada.

— ¡No digas eso Brennan, por allí vienen unos hombres, ellos te curarán! —dijo Gaia mirando por doquier desesperada—. ¡Que alguien me ayude!

—Madre, lo lamento mucho… —terminó sentenciando Brennan antes de sonreír y dejar los ojos brillantes y sin vida.

— ¡No me dejes sola Brennan! ¡Quédate, no te vayas! ¡No! —gritó Gaia viendo como la sangre de su hijo había manchado la mayor parte de su vestido.

 El grito de dolor de una madre desconsolada y llena de ira pudo escucharse a más allá de treinta leguas de distancia. Gaia lloraba el cuerpo de su hijo mientras los soldados se quedaron paralizados y la anciana Clionda consolaba a Gaia.

~

El cuerpo sin vida de Brennan reposaba en una gruesa piedra de mármol en el ala norte del castillo de Gaia. Ella no se separaba de su cuerpo, y Clionda no se apartaba de Gaia.

—Clionda, por favor, déjame llorar el cuerpo de mi hijo sola.

—Sí señora, volveré más tarde. Debéis descansar.

En cuanto Clionda se hubo marchado, Gaia se abrazó al cuerpo de su hijo y comenzó a pronunciar estas palabras.

 — ¡Quién me diría a mí hijo mío, que a mi edad llegarías a mis brazos! En mis brazos naciste, y en mis brazos te disipaste como la niebla. No sabes el dolor que siento por dentro. Mil cuchillos afilados como estacas se acomodan en mi vientre impidiéndome respirar, y mi cabeza arde con deseos de venganza, pero no, no puedo hacerlo. Este mundo ha sido corrompido por la locura, por la miseria y por el amor no correspondido. Odín sabe que nunca me casé, y que nunca lo haría, o así al menos yo lo sentía, pero cuando te encontré en aquel río, sentí el deseo de abrazarte y protegerte. No guardo rencor a la joven Niamh, ni siquiera al príncipe Seamus o al rey. Me guardo rencor a mí misma. ¿Por qué debí instruirte en las armas, para que ellas te quitasen la vida de esta forma? Siento rabia, cólera y vergüenza, pero más aún, siento un mar embravecido que se cierne sobre mi mano, esperando el momento justo para acatar la misión de mi pensamiento. ¡Oh que no tendré más hijos, ni podré cuidar de mis nietos! ¡Odín malvado que acabaste con la vida de mi hijo, sin dejarme disfrutarlo ni un minuto más! Recíbeme con él, porque allá es a donde voy. Al mundo de las sombras y de la oscuridad. Al menos allí encontraré la paz la confianza que he perdido en este mundo, donde todos son malvados y nadie mira por el bien común. Al final de todo es para lo que nacemos, para morir, algunos de forma digna, otros como mi pobre Brennan, mi pequeña gota de agua que me hacía llorar de alegría. ¡Ojalá pudiese estar donde tú estás, pero así es, contigo estaré en un instante, en cuanto encuentre el valor para determinar mi destino! —gritó al cielo Gaia tomando la espada de su hijo. Al instante, la cernió sobre su pecho, incrustándola varias veces por si no era suficiente. La sangre roja brotó por su pecho y fue coloreando sus amargas vestiduras. Se abrazó a su hijo, y se dejó expirar con tranquilidad mientras derramaba lágrimas de paz, sabiendo que muy pronto se reencontraría con el amor de su vida, su querido hijo, su gota de agua, Brennan.

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Rodrigo Abad

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