Una paliza merecida

Una paliza merecida

 

Todos sufrimos de los denominados “gajes del oficio” dependiendo del tipo de trabajo son unos u otros. En mi caso se deben, por ejemplo, a cierto sobreesfuerzo físico, ya que en mi puesto de trabajo levanto peso de manera continuada durante toda la jornada.

Cosa de la cual no me quejo, pero es normal que el cuerpo con el tiempo, se resienta de una manera u otra, esta vez la cosa de las contracturas se puso sería y me subió de la espalda a las cervicales, provocándome mareos, perdida de equilibrio y unas jaquecas terribles.

Cuando la cosa se calmó gracias a la medicación, por medio de un compañero decidí ir a que me viera un fisioterapeuta, pensé, por probar. Jamás fui a ninguno y como me hablaron bien de él pues me dije, a la aventura.

Fui al encuentro con la dirección anotada en un posit, más o menos sabía por dónde caía, estaba llegando en metro cuando de repente me dieron unas ganas de miccionar terribles, bajé de la parada y como iba con tiempo, pensé, me tomo una rubia y así con la excusa orino.

Buscaba el lugar propicio, en dirección a la consulta, y no me gustaba nada de lo que veía, de repente me topo con una librería low cost me detengo e inspecciono desde la puerta, es una estancia humilde con estanterías repletas de libros, algunos se ven nuevos, otros más desgastados y usados y en la puerta reza un cartel: libros a cinco, ocho y diez euros.

-Quizá no haya nada de valor por ese precio- reflexiono, pero quien sabe, ¿cómo no entrar y examinarlo por mí mismo? subo el escalón decidido y la alarma fisiológica me alerta de nuevo de que mi vejiga está en plena cuenta atrás, maldigo a todos los santos habidos y por haber.

Echo a andar de manera rápida, toda la que me lo permite mi vejiga inflada como un globo de agua. Encuentro un bar grande, con muy buena pinta, y pienso que ya era hora, pues solo había visto restaurantes rápidos de Kebab, una panadería artesana que preparaban pastas y demás para llevar, con una barra, sin mesas, sin servicio para clientes, luego dos bares de chinos que, viendo el estado de higiene de las cristaleras, me imaginé el estado de los servicios.

Ese bar era diferente, se veía acogedor y estaba lleno de gente tomando algo en su interior, cuando me acerco a la barra dos chinas me sonríen, les pido una mediana y que me indiquen el servicio, no podía más.

Al cabo de lo que me pareció, una micción interminable, me tomo la mediana y voy rumbo a que me arreglen ésta condenada espalda y el cuello. Me asomo a una calle estrecha, oscura, miro el posit y coincide con el nombre de la calle, sigo andando hasta que de repente una puerta ilumina la acera con una luz casi nívea, toco el timbre y se abre la puerta automática, entro y no veo a nadie.

Yo plantado ahí de pie, esperando a que alguien salga, me acerco al revistero y marujeo, como nada me llama la atención me siento en una de las sillas y miro el reloj de pared, que apunta a las ocho de la tarde, quince minutos antes de la hora acordada, justo cuando el fisioterapeuta asoma la cabeza por una puerta que pone box dos. – Aaron, ¿no?

-El mismo- respondo. -Cinco minutillos y estoy contigo- yo asiento con la cabeza. Una vez dentro, después del apretón de manos, me indica que le explique el tema, yo le voy diciendo con todo el detalle del que soy capaz, a la vez que gesticulo y señalo mientras él, tapa la camilla con una especie de papel que rompe por la parte de la cabeza. -Quítate la parte de arriba y túmbate bocabajo-  yo inocente obedezco, he de señalar, que eso de que me toque un extraño me retrae bastante, pero dada la necesidad me encuentro dispuesto.

Me toca un poco, y por lo que aprecio la cosa no está bien, me posa las manos juntas en la parte lumbar y presiona con fuerza, con la ayuda de su cuerpo hasta que la camilla casi toca el suelo, acompañado de un crujido, luego lo mismo en la parte media de la espalda y por ultimo a la altura de las dorsales. Imaginen mi cara, pensé -este me rompe- imagino que se daría cuenta pues me puso una mano en la espalda y me dijo -tranquilo que cruja es normal, tienes las vértebras desplazadas- intenté bajar mi nivel de tensión respirando profundo, intentando relajarme.

-Voy a ponerte calor y unas corrientes durante diez minutos para relajar la musculatura y luego empezaremos con el masaje- yo incorporaba la cabeza y asentía. Después de diez minutos volvió, a mí se me hizo como una hora, la corriente molestaba y el foco calentaba tanto que me caía sudor de la frente, me quitó los aparejos y me echo una crema que parecía hielo y di un pequeño respingo moviendo la camilla, empezó con masaje suave, relajante, pero yo aún seguía algo tenso, luego subió la escala y después de un rato empezaba a dolerme todo. Cuando creía que estaba acabando me dijo que me iba a mirar de recolocar las vértebras y yo ignorante de lo que se me venía encima cedí inocente.

Me tiró de un brazo y me dobló hasta hacerme crujir de nuevo, luego el otro, yo estaba entre asombrado y acojonado, luego me agarró el cuello, me pidió que me relajara un poco, giró a izquierda y el cuello crujió como al abrir una nuez, luego a derecha y lo mismo y yo me decía a mí mismo que una de dos, o bien me arreglaba, o bien me desmontaba por fascículos como si de una colección de periódico se tratara.

Me dobló una pierna y me giró el tronco, de nuevo crujía, lo mismo al otro lado, luego me cruzó los brazos y me pidió agarrarme los codos mientras él me agarraba del cuello y con su peso me hacía presión en los brazos y de nuevo volví a crujir -ahora siéntate en la camilla recto- me propuso, y fui capaz de hacerlo al tercer intento, estaba muy mareado y notaba un ardor por dentro, acabó por crujirme dos veces más y me dijo ya hemos terminado. Yo intentaba bajarme de la camilla, pero me sentía desorientado, me costó en extremo ponerme la parte de arriba y al hacerlo me di cuenta que me lo había puesto al revés, vuelta de nuevo.

Al salir del box me estaba esperando en recepción, yo andaba raro, pero intentaba disimular como podía, la cabeza me daba vueltas, el cuello me pesaba más de un lado que de otro – ¿cómo estás? – me preguntó. Yo le dije que mareado y aún apabullado de todo lo que me había según él, recolocado. Me dijo que era normal, que estaba fatal y que debía volver, yo sonreía con ironía y quería marcharme ya.

El trayecto del metro fue infinito la gente me veía andar raro, desorientado un poco y con la cara roja del sobre esfuerzo tensional que aquella terapia me había ocasionado, quizá pensarán que iba algo cocido.

Al llegar a casa y ducharme me relajé un poco, mi pareja llegó y me vio derrotado en el sofá, me preguntó cómo fue y al contarle me dijo que era normal, medio aguantándose la risa por mí estupor al contarle como casi me rompen, mañana me sentiría mejor y habría merecido la pena señaló con una especie de ánimo, cenamos y al rato creía que me flotaba el cuello, me sentía relajado y empezaba a sentirme mucho mejor.

Ella, que venía con el postre de la cocina, me vio sonreír y me preguntó si me sentía bien, le dije que sí, que me estaba sintiendo de maravilla después del aquel remodelado vertebral casi homicida. Ella, me mira de nuevo y me dice -te dije que merecería la pena si era buen “fisio”- yo la miro, sonrío, y respondo

-sin duda, ha sido una paliza merecida.

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Aaron Tena Cortés

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