Una frase asesina (I)

Una frase asesina (I)

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Hace tiempo, en un pasado no muy remoto, una mujer “escribía” en su estudio con la pluma que su marido le había regalado. Decimos que escribía porque el argumento se encontraba en su cabeza, pero aún no había plasmado nada en el papel, solo el título de su próximo libro. Se debatía en cómo empezarlo, una frase magistral que debía transportar al lector a aquel momento. No conseguía decidirse del todo. ¿Por qué era tan difícil escoger las palabras correctas cuando se quería decir algo complicado?

Yo la escuchaba chocar la pluma contra el escritorio, un sonido que repiqueteaba, parecido al que produce el hacha cuando un leñador la empuña y la choca contra el tablón de madera que quiere cortar.

—He preparado té. Quizás quieras que… —Dije al momento que ella me interrumpía lanzándome una de las muñecas rusas que había sobre la mesita.

—Necesito trabajar —dijo ella sin más— ¿Es que no puedes hacer menos ruido?

—Está bien, lo lamento V…

— ¡Márchate te digo! —me espetó con dureza.

Salí lo antes que pude y me senté en la mesa de la cocina. Tomé la taza y la llené del líquido áspero que contenía la tetera de metal, aquella tetera que hace solo un momento bullía sobre el fuego de la cocina. Veinte minutos más tarde con el té ya terminado, me dispuse a salir a pasear. Justo cuando mi pie tocó el primer guijarro del camino hasta la entrada, la criada salió por la ventana y gritó con fuerza:

— ¡Señor Damon! ¡Venga en seguida! ¡Es la señora Verónica! ¡La señora se ha suicidado! —vociferó con dificultad.

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Rodrigo Abad

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